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El mejor juego de la vida de muchos

Actualizado el 09 de septiembre de 2012 a las 12:00 am

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                         La cifra de ticos que se manejó que estuvo en el Azteca el 16 de junio fue de 7.000. Sonaban a más. | ARCHIVO.
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La cifra de ticos que se manejó que estuvo en el Azteca el 16 de junio fue de 7.000. Sonaban a más. | ARCHIVO.

¿El Mundial de Italia 90? No lo recuerdo del todo bien. Tenía 6 años y estaba en la escuela. ¿El Aztecazo del 2001? Está impreso en la retina. Tenía 17 y estaba en la gradería del Azteca.

Muchos dicen que no se puede vivir del recuerdo y que esos dos gloriosos momentos de nuestro futbol deben archivarse.

Quizás estén en lo correcto, pero, ¿cómo no se va a querer repasar con compulsividad aquella emoción única y esa sensación hasta ahora irrepetible?

Los aproximadamente 7.000 ticos que estuvimos allí sabemos bien cuál es ese sentimiento.

Seguramente también lo sabe aquel tico de pantaloneta que pasó a la historia al desfilar con bandera en mano sobre el Luigi Ferraris tras vencer a Suecia.

El repaso del Aztecazo lo he hecho miles de veces en la cabeza. Otras cuantas en mesas de tragos. Y si pudiese, lo haría en algún foro de la ONU. Siempre con aquel gesto al cielo de Rolando Fonseca y la boca temblorosa de Hernán Medford como pináculos del relato. Siempre con la piel erizada.

Historia. De las pirámides, del D.F., de los chilasquiles, tengo poco que decir. En aquel tiempo no eran las prioridades de un adolescente de clase media con ideal de hooligan.

Todo lo relevante del viaje debía suceder ese 16 de junio. Mi cara pintada, mi camisa de la Sele, los buses repletos de costarricenses, la mancha roja en la grada lo exigía.

El primero en asomarse al túnel, mucho antes del calentamiento, fue Paulo Wanchope. Puedo jurar que en su cara se vio el impacto.

De inmediato trajo a otros testigos. Empezaron los cánticos a decibeles que destruyen gargantas. Nunca más cesaron.

Estoy seguro de que en ese instante, todo el que estaba presente y nació entre Peñas Blancas y Paso Canoas lo sintió. Podíamos ganar.

Pasó el himno; se fue la camisa. Pasó el gol de México, abandoné a mis compañeros de viaje (mi tío y mi primo) para ir al epicentro. Pasó el mediotiempo y junto a un desconocido (ese día mi mejor amigo), ya me sentía líder de la gran barra.

Falta y tiro libre; insulto al mexicano que botó a William Sunsing.

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“Viene gol, viene gol, viene goool”. Esa fue la que cantamos antes. Gracias, Fonseca, después.

El abrazo con mi “amigo” (a quien nunca más volví a ver) fue lleno de júbilo. Se lo extendimos hasta a un inconsciente compatriota que entró borracho al estadio y que solo se despertaría con la mayor explosión, que se daría al cierre.

El empate sabía a triunfo. O eso creíamos. No eramos buenos catadores porque no teníamos idea de lo que íbamos a degustar.

Rolo otra vez, mal rechazo de Osvaldo Sánchez y pique corto de Medford. Por unas cuantas décimas, el murmullo de la tensión opacó esas malditas cornetas.

Y se movió la red. Sobrecarga de adrenalina. Sin pena, caí de rodillas en mi asiento; cabeza hacia arriba, llanto hacia abajo. Por favor Sele, vivámoslo otra vez.

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