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Yo, el fenómeno

Actualizado el 29 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

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Buenos Aires.

“Una cosa es segura: una Copa del Mundo sin mí no tiene nada de interesante, no hay razón para esperar algo del Mundial”, declaró Zlatan Ibrahimovic a la prensa tras la eliminación de Suecia a manos de Portugal. La frase pasó a enriquecer su archivo de egocentrismos como una de las más selectas. Pero el sueco ya estuvo en dos Mundiales (2002 y 2006) y fue un fiasco: pasó inadvertido y no anotó un solo gol en los ocho juegos que Suecia disputó en ambos torneos. Allí, y en las Eurocopas y eliminatorias, le nació la fama de que no mete goles importantes y no aparece en las citas trascendentes. “Le hace muchos goles a Malta y ninguno a Alemania”, dice la prensa sueca.

Nadie va a extrañar a Ibrahimovic mientras se dispute el Mundial 2014. Que podría haber sido el último de su carrera. De haberla untado de humildad –o una imagen menos pedante–, su trayectoria hubiese sido más valorada de lo que es, sin duda. El narcisismo no factura, espanta la clientela.

Cristiano Ronaldo sí alcanzó su máxima dimensión cuando Portugal más lo necesitaba: marcó los cuatro tantos con los cuales ganó el repechaje, los cuatro sensacionales, y, con toda seguridad, fue la más brillante actuación de su vida. Fue mortífero definiendo, pero también dio una lección de contraataque, de aprovechamiento de los espacios, de oportunismo, todo con una velocidad y una agresividad fantásticas.

La única mancha fue el festejo de sus goles, golpeándose el pecho, señalándose a sí mismo con ambos pulgares. Hizo gestos de torero que cumplió una tarea soberbia, al mostrar el dorsal de su camiseta y al gritar “Yo, Cristiano”, sugiriendo a sus compañeros que fueran a festejar donde estaba él.

Si hay una ocasión en la que el portugués merece el Balón de Oro, es esta. Pero esa inmodestia lo damnifica. En el ambiente del futbol tanta vanagloria cae mal. El célebre “vestuario” les da la espalda a los que se creen salvadores de la patria. Aunque lo sean. Cristiano es otro que, con menos presuntuosidad, recogería más Balones de Oro y, sobre todo, más cariño.

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Pero el colmo es Franck Ribery. El muy buen jugador francés consideró que merece el Balón de Oro más que Cristiano, porque ha ganado más títulos con su club y su actuación en el Bayern Múnich y en la selección ha sido tan decisiva como la del portugués.

“Es cierto que Cristiano Ronaldo ha marcado goles, pero yo también. Es verdad que él ha marcado más, pero no tenemos el mismo perfil de juego. Puede que yo no marque tanto, pero incendio las defensas”, le dijo Ribery a Le Monde sin ruborizarse. Porque ahora parece que tener personalidad y mentalidad ganadora es gritarle al mundo: “Soy un fenómeno”.

Ribery señaló que en la repesca frente a Ucrania su actuación fue determinante. “Provoqué la expulsión de tres jugadores en dos partidos y estuve presente en dos de los tres goles de Francia”. Le faltó decir “y también tiré un par de centros peligrosos... Y robé dos pelotas en el medio”. Penoso.

José Mourinho no hace goles ni se golpea el pecho, pero suele aprovechar las ruedas de prensa para hacer autobombo. Con su arrogancia inconmensurable se autotitula el número uno. En todos estos años no nos ha regalado un concepto futbolístico, una frase que pueda enriquecernos en la comprensión del juego. Solo broncas y chulerías.

No juzgamos méritos, que todos los nombrados los tienen; se aborrece la jactancia, el mensaje petulante. En eso, el fútbol de antes era infinitamente superior, había honor, sencillez y humildad.

En 1995 entrevistamos a Juan Alberto Schiaffino. Considerado el más grande futbolista que haya jugado en Italia hasta Maradona, se quitaba cualquier mérito. Le consultamos qué sintió cuando debutó con Italia tras haber sido en 1950 campeón del mundo con Uruguay. “Miedo”, contestó. “Me la pasé mirando a mi esposa, que estaba en la platea, para que me infundiera ánimo”. ¿Y cómo fue el golazo del empate ante Brasil en el Maracanazo ? “Bastante casual, le quise pegar al segundo palo pero el defensor me desacomodó un poquito y me salió ahí, al ángulo del primero”.

El paraguayo Arsenio Erico fue un coloso del fútbol y del gol. Según sus amigos y compañeros, “parecía que Arsenio nunca hubiera hecho un gol. Jamás ibas a escuchar de su boca que había metido tal o cual. Y cuando le preguntaban por aquel célebre tanto que le marcó a Boca tirándose en palomita y enganchando la pelota con el taco, no se acordaba. Nunca se acordaba”.

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Erico fue el ídolo de juventud de Alfredo Di Stéfano, quien jugaba en la Cuarta de River. Muchos años después, desde Madrid, Alfredo le envió una carta a Erico a través de un amigo. En el último párrafo escribió con varonil ternura: “Reitero mi admiración hacia lo que has sido como jugador de fútbol, recordando tus tardes de gloria. Y yo, que he sido un pequeño imitador tuyo, me siento muy honrado al poder hacerte llegar estas líneas”.

Eso es hacer cumbre en la montaña de la condición humana.

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