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La columna de Barraza

Radamel Falcao no eligió la gloria

Actualizado el 03 de junio de 2013 a las 12:00 am

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Radamel Falcao no eligió la gloria

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Buenos Aires . Ni el Manchester United ni el Bayern de Guardiola ni el Real Madrid. Radamel Falcao García dejó perplejo al mundo entero: se va al Mónaco francés.

En las historietas pondrían una onomatopeya: ¡Glup! La razón por la cual se marcha del Atlético de Madrid es puramente monetaria: cobrará 14 millones de euros por año, a razón de cinco temporadas. Ahora no solo va a ser el colombiano más famoso, también será uno de los más ricos.

Según infidencias (que nunca son exactas, pues nadie divulga lo que gana), Radamel triplicará o cuadruplicará el contrato que tiene hasta hoy con el club madrileño. Pero hay más: Mónaco, considerado paraíso fiscal hasta 2009, mantiene una bajísima tributación y le debe haber ofrecido notables ventajas impositivas por calzarse la roja del principado.

Y además le quedará la residencia en Mónaco para siempre, será un privilegiado fiscal de por vida. Que para alguien con dinero no es un detalle menor.

La noticia del nuevo club de Falcao no alegró a nadie, eso está claro. No hay gente en las calles colombianas festejando este fichaje. Sí ha generado cierto desánimo. El hincha desea ver a su ídolo en el centro del universo deportivo, sobre todo por ser Falcao un joven querible, un ídolo bueno, humilde, correctísimo. Y porque es un crack al que le sobra nivel para triunfar en cualquier liga.

Como contrafigura, el Mónaco no es un equipo de punta, apenas acaba de ascender a Primera División. Desde luego, es posible que arme un proyecto ambicioso, pero eso requiere tiempo. Y hay que ver si luego es coronado por el éxito. Por ahora, el Mónaco apenas alcanza el rótulo de club potentado.

Un ultramillonario ruso, Dmitry Rybolovlev, según Forbes una de las 100 fortunas más grandes del mundo con $6,5 billones, adquirió a mediados de 2011 dos tercios de las acciones de la Association Sportive de Monaco Football Club y busca relanzar el equipo.

Ya contrató a otro colombiano, James Rodríguez, en 45 millones de euros, y a los portugueses Joao Moutinho (en 25), y Ricardo Carvalho.

Libre albedrío. La decisión de Falcao es absolutamente personal y respetable. Nadie puede decirle “no firmes ahí”. Cuando se trata de asegurar el futuro, tenemos derecho a elegir. Setenta millones de euros libres en cinco años le hacen temblar las piernas a un mamut.

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Es hasta desubicado pedirle a alguien que rechace una fortuna como esa. Que no viva una vida glamorosa como la que tendrá en Montecarlo.

Desde luego, al aceptar este traspaso, el jugador renuncia al primer plano internacional, se aparta de la carrera por el Balón de Oro, que tanto orgullo daría a su país. Desiste de ser campeón de Europa o de logros por el estilo. El AS Mónaco ya ha sido campeón francés e incluso fue finalista de la Champions League. Está habilitado para repetirlo, como están habilitados otros cien clubes. Pero nada garantiza que consiga tal suceso.

El latiguillo de que es “una oferta imposible de rechazar” no es válido. Ni es obligatorio que deba irse del club del Manzanares. Se va porque quiere. Tampoco es que pase hambre en el Atlético de Madrid. Cobra más de cuatro millones de euros limpios al año. Ahí es simplemente un millonario con menos millones que en Mónaco. Y también allí puede asegurar el mañana. Deportivamente sí es una pena. Justo ahora, después de tantos años, los colchoneros viven un presente feliz, con títulos y con un porvenir auspicioso.

En Mónaco, lo deportivo es un albur; en el Atlético, no tanto.

Cuando pasen los años, quien va a poder decir si acertó o se equivocó en esta jugada será el propio Falcao. Hay muchos futbolistas que toman decisiones similares y, generalmente, al cabo de los años se arrepienten. Ronaldo, el Fenómeno, es uno de ellos. No fue un verdadero número uno del mundo durante una década por priorizar el placer y, sobre todo, las transferencias. Si se hubiese quedado 10 años en el Barcelona o en el Inter, tendría una estatua en Cataluña o en Milán. Así, no fue ídolo en ningún lado. Admirado sí, ídolo no. Quedó en la historia como un gran jugador de la selección brasileña, pero para la idolatría hay que marcar época en un club.

Los emblemáticos. Hay jugadores que permanecen su vida en una entidad, como Maldini en el Milan, Totti en la Roma, Puyol en el Barcelona, Casillas en el Madrid. Otros buscan siempre una transferencia. Va en cada quien. Unos quieren la gloria, otros el dinero.

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El caso de Radamel es paradigmático. Uno se pregunta: ¿cómo se va a sentir él si el Atlético de Madrid fuera campeón de Europa?

¿La meta de un futbolista es triunfar en el mayor nivel posible, conseguir muchos títulos o asegurar el futuro económico de la familia? Porque lo primero garantiza lo segundo.

Este es el mismo caso de los futbolistas que, seducidos por un gran contrato, se marchan a algún país árabe, o a China, o a Bielurrusia, o a Azerbaiján. Los beneficiarios, en general, son sus familiares más cercanos, se acomodan todos. Y su representante. El agente siempre recomienda aceptar la transferencia, total él no juega. Y así gana más dinero. Pero la carrera del jugador se desdibuja.

Deseábamos ver este año a Falcao en la Champions con un Atlético fuerte, sin los fantasmas del pasado. Él prefirió otra cosa.

No cabe más que respetar su decisión, que es muy comprensible. Pero Falcao no eligió la gloria.

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