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Columna de Jorge Barraza

Actualizado el 04 de septiembre de 2013 a las 12:07 am

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Buenos Aires

Tres partidos nos marcaba el domingo futbolero: el de la emoción (Liverpool-Manchester United), el del paladar (Valencia-Barcelona) y el del corazón (Independiente-Rivadavia de Mendoza).

Sin duda, el más discreto resultó el que con más ansias esperábamos, el primero.

Por la extraordinaria rivalidad a través de la historia y el dominio que ambos ejercieron sobre el resto: 13 títulos había ganado el Liverpool en 26 años (1964-1990), 13 títulos ganó el United en 20 años (1993-2013), todos de la mano de Alex Ferguson.

Justamente la mayor alegría liverpooliana en dos décadas fue el anuncio del retiro del técnico escocés. Sus hinchas ven una foto de Sir Alex y lloran. En su reinado no les dejó ni agua.

La víspera del día. Recién comienzan las ligas de Europa y los equipos se van acomodando; pero ya puede entreverse que ha finalizado una era en Inglaterra: la de la supremacía abrumadora del Manchester United.

No se le advierte la agresividad ni la mística ni las variantes de ataque de cuando estaba papá Ferguson. Y sin Rooney (lesionado) parece un equipo común, normal, que ganará y perderá según le toque.

Un centro y dos cabezazos en el área le bastaron al cuadro de Los Beatles para alcanzar una victoria mínima, austera, correcta, aunque eufóricamente celebrada. “Cuatro cuatritos hacen un abogadito”, dice un letrado amigo, que atravesó con lo justo los claustros universitarios.

Liverpool lo parafrasea: “Tres 1 a 0 hacen un puntero”. En las tres jornadas iniciales fue así: 1-0 al Stoke City, al Aston Villa y ahora al enconado rival.

Ninguno de los dos pinta para campeón. Resta saber cuánto más puede mejorar el Liverpool cuando Luis Suárez vuelva de su última suspensión (era de 10 fechas, le faltan tres).

Suárez es un demonio en ataque, un peleador callejero que sin dudas debería potenciar a esta correcta formación de los Reds .

De momento es un equipo sólido en defensa y eficaz en sus escasas incursiones ofensivas. Hasta suena pomposo llamarlo “el puntero”. Por ahora pronuncia el verbo ganar. Le falta gustar y golear.

David Moyes es el encargado de levantar esta pesa de 800 kilos llamada Manchester United sin Ferguson.

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Si sale segundo ya es malo. Igual, no brilla Moyes. Dejó en el banco al portugués Nani, un velocista endiablado, ambicioso y con gol en un Manchester insípido y falto de luces. No es una decisión feliz.

En los últimos 30 minutos incluyó a Chicharito Hernández, de algunos chispazos interesantes.

Igual, nos preguntábamos: ¿qué fue de aquel goleador mexicano explosivo que apareció hace tres años en Manchester y amagó ser una luminaria mundial...? Hoy es un lujoso suplente de Van Persie, Rooney o Welbeck.

De la medianía de ambos puede sacar provecho el Chelsea de Mourinho (un personaje más lamentable cada día) y escaparse arriba.

Un fútbol soso, luchado y frontal al que el exceso de velocidad le quita precisión. No obstante, no nos movimos del sillón ni por un instante.

Fútbol ‘boutique’. A veces nos preguntamos por qué nos atrae tanto el fútbol inglés.

Por su concepto de entretenimiento. Un show maravillosamente montado y cuidado con esmero. Que incluso mejora año a año.

Cada detalle refleja la búsqueda de la excelencia.

La belleza de los estadios, la televisación, la pulcra salida al campo de los equipos, la serenidad de los árbitros que intentan encarrilar los partidos mediante el diálogo y no con amarillas o rojas (nunca hay muchos expulsados).

La severidad con que se pena cualquier violación al Fair Play , la erradicación de todo vestigio de violencia y, por consiguiente, la presencia cada vez mayor de niños, mujeres y familias en las tribunas, como desearíamos en Sudamérica. Por supuesto la persistente búsqueda por reforzar los equipos y mantener un nivel satisfactorio de juego.

Del hooliganismo a este espectáculo boutique , el fútbol inglés pasó en veinte años de ser el más indeseable al más seguro, admirado y apetecido de Europa. ¡Y del mundo! En él, Liverpool-Manchester United sigue siendo la joya de la corona, aunque esta vez sin el brillo de otros clásicos.

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