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La compensación, una ley nefasta

Actualizado el 31 de enero de 2015 a las 12:00 am

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La compensación, una ley nefasta

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Roberto García

Antes vestían estrictamente de negro. Con su lúcida pluma, el escritor Eduardo Galeano apuntaba que los silbateros andaban siempre de luto, por lo doloroso de esa profesión. Ahora la indumentaria arbitral es más alegre, pero controversial como siempre.

Cuando solo han transcurrido tres fechas del Verano, ya los jueces están en la picota. Son los señores de negro el blanco de las críticas. Y, a decir verdad, en muchas ocasiones ellos mismos se exponen, vaya usted a saber si por falta de capacidad o por ese gustillo retorcido que alimentan algunos seres, solo para que se hable de ellos.

En la segunda fecha, luego de la acertadísima decisión de Pedro Navarro de expulsar al generaleño Bryan Sánchez a los 40 segundos del partido de Pérez Zeledón y Herediano, Daniel Casas, técnico del Sur, cargó excesivamente contra Navarro. Le endilgó epítetos que ya no vale la pena repetir, sobre todo después de que Casas ofreció, públicamente, sus disculpas. Pues bien, resulta que el miércoles pasado, Pérez Zeledón recibió al invicto Cartaginés. En una acción brusca, el brumoso Paolo Jiménez cayó en el área por causa de una falta clarísima de penal que el juez de turno, Andrés Alpízar, simplemente, dejó pasar. O sea que, en cuestión de tres días y en escenarios distintos, los generaleños fueron “retribuidos” por esa bendita ley de la compensación que nadie sabe de dónde salió, pero que en Costa Rica opera desde tiempos inmemoriales.

¡Errar es de humanos! Tal es la excusa que suele aflorar en los corrillos deportivos para justificar a los árbitros; sin embargo, acertar también lo es. Y aprender de las equivocaciones. Algo habrá que hacer para mejorar. Aquello de que la polémica es consustancial al fútbol y que adereza con buen picante las discusiones posteriores a los partidos, obedece a una actitud acomodaticia que pretende justificar lo injustificable. Pareciera que entre los árbitros las rencillas internas son como el pan de cada día. Si esto es así, habrá que esperar a que cambie el panorama, para que el silbato y su digna utilización sea el ícono del arbitraje. Y no el serrucho.

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