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¡Pongámonos serios!

Actualizado el 26 de enero de 2015 a las 12:00 am

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Jacques Sagot

Es normal y saludable: después de una derrota el deportista busca una explicación para el resultado. Reconstruirá el juego. Y entonces -esto dependerá de su capacidad para asumir responsabilidad (¡no digo culpabilidad!)- optará por una causa externa (el terreno perjudicó, el viento sopló en contra, el árbitro nos desfavoreció), o bien una causa interna (jugué mal). Si la “atribución causal” persigue agentes exógenos para justificar el fracaso, no habrá crecimiento. Si acepta el examen interior, y rastrea la razón del mal rendimiento en factores endógenos, el problema puede superarse.

La bravucona y cansina frase “asumo responsabilidad, le pongo el pecho a las balas” ha devenido una automática excreción que nadie toma en serio. Los derrotados usan un pronombre, de suyo, inmensamente significativo: “se hizo todo lo posible, pero no se dio el gol, las cosas se pusieron cuesta arriba, el rival aprovechó la única oportunidad que se le presentó, idiay, ahora se sigue adelante”.

Yo pregunto, ¿quién diantres es “se”? ¿El zapatero de la suegra del cuñado del nieto del farmacéutico del manicurista de la tía del entrenador? ¿Por qué no dicen “nos”, o mejor aun, “yo”? Ese “se” heideggeriano que designa a todos y a nadie, ectoplasma colectivo y anónimo… Una incapacidad absoluta para asumir la responsabilidad (pese al histriónico “le pongo el pecho a las balas”, fórmula retórica efectista… pero no efectiva).

Dada la presión mediática a que está sometido un futbolista, es perentoria la colaboración interdisciplinaria de un cuerpo de psicólogos de primerísima línea. Un campeonato mundial: estadio henchido con 100 000 hinchas que exigen sangre y lágrimas, cámaras que escrutan el menor gesto, satélite que dispersa su imagen por la totalidad del planeta, prensa que al día siguiente lo va ora a canonizar, ora a degollar… Todo ello presupone nervios de acero, y una personalidad inexpugnablemente blindada. Quien sea frágil de estómago mejor hará en tomarse una gravol y ver el partido por televisión.

Dije psicólogos, no “sociólogos”, “chamanes”, “médicos brujos”, “motivadores”, “papás adoptivos” o “nigromantes” de esos que proliferan en nuestras macondianas latitudes. Si lo que quieren es “mucho, mucho amor”, llamen mejor a Walter Mercado.

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