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Jupas, bolinchas y sueños eternos

Actualizado el 10 de enero de 2015 a las 12:00 am

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Jupas, bolinchas y sueños eternos

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Roberto García

Es una vieja fotografía en blanco y negro. Data de los primeros años en los 60. Tres niños, Gerardo, Martín y Javier, juegan con bolinchas en el patio de tierra de la casa en la que Cavita, una madre entrañable, se quebraba día a día el espinazo para sacar adelante a su prole, en época de carencias y utopías.

Gerardo, Martín y Javier son mis primos. Aunque usted, estimado lector (a), no mire la foto en mención, la puede imaginar, sobre todo si peina canas como las mías, en la añosa instantánea que emergió del cuarto oscuro, para eternizar aquella tarde luminosa en un patio guadalupano, al costado norte del templo católico.

En aquellos tiempos, además de las mejengas interminables, solíamos jugar partidos y torneos de jupas, una modalidad futbolística que se realizaba con una bola de tenis y nos convertía en guardametas y goleadores a la vez.

Describo la sensación de nostalgia que esta fotografía me causa, porque sirve como referente del pasado, cuando había mil maneras de hacer deporte al aire libre en nuestro país, ya que, como expresó el artista Francisco Amighetti: “Ahora Costa Rica es otra; ni mejor ni peor, sino diferente”.

La vida nos llevó por distintos caminos. A Gerardo lo sorprendió la Parca en un triste amanecer; Martín se convirtió en prominente microbiólogo, y con Javier compartí años de mocedad a punta de dulzaina, guitarra y canto.

La fotografía me llegó gracias a la magia del WhatsApp, a través de una agrupación que se denomina Racing Club. Este legendario equipo de barrio desapareció de las canchas abiertas, pero forjó un grupo de amigos y amigas que ha trascendido en las hojas de los calendarios. El Racing de Guadalupe derrochaba el buen fútbol con su uniforme a rayas en celeste y blanco, los colores del Racing de Avellaneda, actual campeón argentino.

Descalzos y en pantalón corto, tres chiquillos se divierten en un solar. Pícaros, miran a la cámara sin sospechar que sus rostros sonreirían, por siempre y para siempre, desde la época de las utopías.

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