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Que se tomen un cafecito

Actualizado el 19 de septiembre de 2015 a las 12:00 am

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Cuando Javier Delgado entrenaba al Cartaginés, solía decir que a Félix Montoya tenía que avisarle que el partido había terminado, pues el muchacho se fajaba más allá del último pitazo. En esa tesitura, es comprensible la reacción de Montoya ante el reclamo que Hernán Torres, entrenador colombiano de Alajuelense, les hizo a él y a sus compañeros de Pérez Zeledón, por haber promovido la salida de Juan Eugenio Jiménez, coterráneo y colega de Torres.

Decimos que el enojo de Montoya es comprensible, porque, realmente, este futbolista empapa de sudor el campo. Suma 17 años en Primera División y su cartel del pundonor lo respalda.

El desagradable incidente fue una secuela de las declaraciones de Juan Luis Artavia, presidente del club sureño, quien inculpó a los jugadores del sur por la citada destitución. Y, en tal juicio presidencial, se basó Torres para explicar su injustificable proceder del miércoles pasado; no por el fondo, sí por inoportuno, al final de un juego que perdieron sus rivales.

Ahora bien, salvo que Freddy Fernández, relevo de Jiménez, cuente con una varita mágica, resulta difícil explicar la pronta superación de los generaleños. Bajo su guía, sacaron la primera victoria en siete fechas y libraron un fantástico segundo tiempo contra la Liga, a pesar del traspié.

Bueno, lo que interesa es que Torres y Montoya se tomen un cafecito y limen asperezas cualquier día de estos, pues son gente de fútbol que dignifica al deporte. Aunque, hay que decirlo, a veces la alta calidad profesional de Torres riñe con los berrinches que le hemos visto armar últimamente.

En cuanto a Félix, ni él mismo pudo justificar en su momento las palabras del presidente Artavia, claras como el agua de una naciente. Entonces, dadas las circunstancias, es probable que si se encuentran, Montoya y Torres podrán descubrir que vale más lo que los une como deportistas, que esta rencilla pasajera.

Reúnanse y se toman un cafecito. Verán que el humeante aroma de la bebida propicia el diálogo y la distensión. Que pague cualquiera. Y en la siguiente ocasión, invita el otro. Así acostumbrábamos hacer este servidor y el inolvidable Ojo de Tigre, a quien, por cierto, le tocaba invitar en nuestra próxima oportunidad.

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