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A sociedad enferma, fútbol enfermo

Actualizado el 23 de mayo de 2016 a las 12:00 am

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En sus más perversas manifestaciones, las barras constituyen la faz en sombra del fútbol. El Ajax de Ámsterdam —hablo de mediados de los setenta, no de los años de la preguerra— era objeto de invectivas racistas inimaginables. Sus adversarios, sabedores de que en el equipo militaban jugadores judíos (Cruyff, el más conspicuo de ellos), y de que el cuadro estaba asociado a la comunidad judía neerlandesa, gritaban “¡Hamas, Hamas, los judíos al gasssssss!”: una rima inconcebiblemente cruenta y grotesca. Cuando no invocaban a Hamas, se limitaban a emitir un silbido colectivo que imitaba el aterrador sonido de las cámaras de gas del Lager de Auschwitz. El estadio se llenaba de aquel siniestro fonema: “ssssss”, cual el bisbiseo de una serpiente… Es cosa que escapa a mi comprensión. De hecho, me niego a intentar comprenderla, toda vez que ello supondría un esfuerzo de justificación —declarar que algo es justo—, y no veo cómo sería tal cosa posible.

En 2002 la FIFA creó sus Jornadas Contra el Racismo, y recientemente, una División Contra el Racismo. El artículo 3 de sus estatutos reza: “Está punible con suspensión o exclusión la discriminación de cualquier país, individuo o grupo de personas por su origen étnico, sexo, lenguaje, religión, política o por cualquier otra razón”. Tales prejuicios siguen manifestándose en todas las ligas del mundo —de manera particularmente insidiosa, en Europa y América—.

Corruptio optimi pessima: la corrupción de los mejores es la peor. Es en los países más “civilizados” del mundo donde se cuenta con instrumentos más refinados, más perversamente sofisticados para ejercer la agresión, la tortura, el genocidio. Cuanto más “educados” somos, más eficaz es nuestro ejercicio de la barbarie. La Segunda Guerra Mundial no se originó en el África profunda. Fue promovida por Alemania, el país a la sazón más educado del mundo. Es un hecho que debería movernos a la reflexión.

En Costa Rica, el fútbol es el sub-espacio social donde más violentamente se expresa nuestro racismo. Es en los estadios donde “nos convertimos en lo que somos” (Pascal), esto es, bichos llenos de prejuicios, de odios mal digeridos y sordas animadversiones. La verdadera Costa Rica: tenebrosa, infame, irracional.

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