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La pelota no es una bazuca

Actualizado el 18 de noviembre de 2015 a las 12:00 am

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La pelota no es una bazuca

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Cuando juegan las selecciones, al fútbol suelen convertirlo en un asunto de Estado, en una semi-declaración de guerra entre los involucrados, en la causa de un patriotismo exacerbado que no mostramos a diario en otros ámbitos mucho más importantes.

Así, la mano de Maradona en el México 86 no fue una jugada sucia, sino la venganza justa contra la Inglaterra imperialista que avasalló a Argentina en la Guerra de las Malvinas. “El Dios del fútbol”, a través de esa mano le deparó algo de justicia a un conflicto que tiempo atrás dejó muertos y heridas profundas.

Hace 46 años, un problema agrario en los límites entre Honduras y El Salvador fue el detonante de un conflicto armado que en cinco días provocó 6.000 muertos. Mientras las selecciones disputaban en el Azteca un desempate para ir a la final de la eliminatoria para México 70, los gobernantes declaraban la lucha armada.

Las guerras mundiales y los conflictos del Medio Oriente, entre otros, le han cargado al fútbol esa cruz ingrata de vengar los odios bélicos a través de un espectáculo deportivo en esencia viril, pero impregnado del placer inocente de todo juego. Así, para Suecia 58, Egipto, Indonesia y Sudán se negaron a enfrentar a Israel por el conflicto con los árabes.

A la pelota que rueda por las canchas de todo el mundo se le acusa de propiciar la xenofobia, el nacionalismo, el racismo, el chauvinismo, la intolerancia y la violencia. ¡Como si los muros, las murallas, las alambradas, los campos de concentración, fuesen a causa suya! ¡Como si los militares portasen camisas de fútbol cuando marchan por los campos de la muerte!

El fin de semana esa muerte rondó el Stade de France, mientras locales y alemanes jugaban al fútbol. La sangre y la barbarie se juntaron en los alrededores, convocadas por otros motivos. De nuevo el fútbol quedó en medio del horror y del odio de quienes usan cualquier pretexto o escenario para invocar los más bajos instintos humanos.

Al margen de esa bandera amarilla de una FIFA que casi nunca juega limpio, nos toca a todos vivir el fútbol con alegría y pasión, sintiendo y sufriendo la camiseta, pero con la convicción de que al terminar 90 minutos la vida sigue su rumbo, y que para transitarla se requiere al mejor hombre y mujer, desprovistos de odios y rencores. El fútbol es solo un juego.

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