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Una nueva, inédita vivencia del fútbol

Actualizado el 22 de febrero de 2016 a las 12:00 am

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Una nueva, inédita vivencia del fútbol

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La Selección Femenina de fútbol que acaba de ser eliminada del proceso eliminatorio rumbo a Río de Janeiro nos ha dejado llenos de hondas, fascinantes preguntas. La más evidente de ellas: ¿juegan, sienten, viven el fútbol las mujeres de la misma manera que los hombres? ¿No cabe hablar de una especificidad femenina del fútbol, como se habla de una femineidad de la palabra poética, o de la novelística de las Bronté, Jane Austen y George Sand? ¿Será esa especificidad un mero espejismo? ¿No hay nada inherentemente femenino, en Orgullo y prejuicio , La pequeña Fadette o Cumbres borrascosas ? ¿Igual habría podido escribirlas un hombre?

Para responder a la pregunta inicial, yo echaría mano de la negación, y enumeraría en qué aspectos esta selección se decanta de la concepción del juego masculina. El resultado es maravillosamente asimétrico.

Las mujeres no cejan. Las mujeres no protestan las decisiones arbitrales ni rompen constantemente el ritmo del partido con alegatos y berrinches. Las mujeres no hacen de cada falta un espectáculo martirológico: la víctima rueda en cámara lenta durante una hora, con expresión de dolor indecible, la cara convertida en un verdadero mapa del tormento, hasta quedar exangüe. No transforman la caída en un aparatoso espectáculo coreográfico. No cultivan la pornografía del dolor. No convierten el fútbol en pasarela, vitrina para las monerías de toda suerte, ni transforman el propio cuerpo en mosaico, escultura, pantalla, altorrelieve, pancarta, maniquí, superficie para el grafiti. No despilfarran un electrón discutiendo airadamente con sus rivales y abombando el pecho cual gallillos de corral. Las mujeres juegan de consuno, con la coordinación y sinergia de una sola voluntad en once diferentes cuerpos. Combaten cual enjambres, bandadas o aluviones, según una dinámica por poco animal. Fútbol implacable, incansable, indoblegable. Con un marcador en contra 5-0 persisten, como máquinas inexorables, en disputar cada centímetro del terreno.

Todo esto vi, descubrí, aprendí, y al lado de semejante revelación, me resulta irrelevante no haber clasificado. Su ethos guerrero es diferente del nuestro. Es mucho lo que podríamos aprender de ellas… si nuestro ego enfermo no nos lo impidiese.

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