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Tu nombre me sabe a hierba

Actualizado el 14 de mayo de 2016 a las 12:00 am

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Quizás fue en la adolescencia cuando me asomé por primera vez a la gramilla del estadio Fello Meza y fui testigo del vértigo de Wally Vans, la jerarquía de Enrique Pelirrojo Córdoba y la zurda prodigiosa de Leonel Hernández, grandes figuras del Ballet Azul que, en la década de los 60, destilaban magia y sudor sobre el césped del Club Sport Cartaginés, la entidad centenaria.

La hierba es como el agua de un río. Se regenera constantemente. En consecuencia, nunca es la misma. No obstante, guardar un trozo del zacate histórico es un ritual que se justifica a plenitud. Porque la gramilla natural de ese templo deportivo, en el sur de la ciudad del buen cielo, buen suelo –como la describió el conquistador Juan Vásquez de Coronado– es consustancial al ¡Vive, vive! que palpita en las almas de sus referentes.

La Junta Directiva brumosa promovió la idea y la afición azul se apresuró a adquirir el preciado tesoro, aunque los trozos del césped corresponden al piso que se instaló en el 2001. No importa, sobre ese manto esmeralda, donde las nubes bajan y la bruma rocía la hierba con brizna y llovizna, desde siempre se libran jornadas épicas.

Quién no recuerda el 0 a 0 entre Cartaginés y Vélez Sarsfield, el 17 de febrero de 1996. ¡Qué noche aquella! Mientras el Chime Quirós volvía locos a los zagueros argentinos, el gigante José Luis Chilavert se las veía a palitos para repeler sus fogonazos rastreros. O la trepidante jornada de la Selección Nacional contra Trinidad y Tobago, el 21 de diciembre de ese año en el Fello Meza, ocasión en la que Paulo César Wanchope fue un faro en la niebla que nos condujo a una victoria salpicada por la angustia, rumbo a Francia 98.

Evoquemos el primer juego de la final entre Cartaginés y Herediano en el Verano de 2013. La casta azul trastocó en su reducto un 0 a 1 por el 3 a 1 espectacular que Cartago celebró en las calles. En aquel contexto, escenas de romance y de fútbol. Enamorado de Eugenia, una bella chica de ojos expresivos, Fabián planeaba pedir la mano de su amada, si Cartaginés lograba el título en el choque de vuelta. Y aunque el ansiado cetro, una vez más, quedó en el intento, sobre los avatares del balompié, Fabián y Eugenia concretaron su idilio. Porque el amor es perenne como la hierba, reza el cantar de Desiderata.

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