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Opinión: La mejor parada de Guillermo Ochoa no fue a Celso Borges

Actualizado el 08 de abril de 2017 a las 11:21 pm

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Opinión: La mejor parada de Guillermo Ochoa no fue a Celso Borges

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Aunque valioso, determinante y publicitado, el penal detenido el miércoles por Guillermo Ochoa a Celso Borges no le llega ni a los tobillos a su mejor atajada.

El guardameta mexicano se convirtió en el héroe del Granada, favorecido por un remate suave y al centro del tico, que le permitió rechazar con los pies cuando ya iba tendido hacia un costado.

Era la ocasión perfecta para el contraataque de algunos medios mexicanos, aún incómodos con la frase de Luis Marín: “Guillermo Ochoa no tiene con qué limpiarle los zapatos a Keylor Navas”.

El asistente técnico del Macho Ramírez, un hombre de buenos modales, limpio desde sus tiempos de jugador, noble y con coraje, posiblemente no tomó en cuenta que en su afán de defender a Navas ante la prensa mexicana se estaba llevando de barrida al mexicano.

Keylor Navas necesitaba el respaldo del equipo, luego de esa pelota escurrida bajo su cuerpo en el Azteca, como punto final de una seguidilla de goles cuestionables. Marín salió en su defensa, nada pendejo, olvidando que ninguna culpa tenía el azteca, titular en un equipo candidato al descenso en España, tratando de abrirse camino, como ya lo ha hecho Navas, con méritos propios.

Su penal detenido a Celso quedó como la oportunidad perfecta para el desquite de algunos. Con la pelota picando en el área, un artículo publicado en Univisión la pegó de seguido: “Ochoa le limpia las botas a Navas... ¿Y Celso le lava los guantes a Ochoa?”

La calidad de un jugador no se determina en una jugada —ni la de Navas, ni la de Ochoa, ni la de Celso—, menos en un intercambio de frases que, como bombetas de turno, hacen mucho ruido, dejan humo y se pierden en el aire.

Entonces apareció el paradón de Ochoa, su actitud madura, sin caer en el juego, dándole méritos a Navas, desvinculándose de cualquier ataque verbal, planteando una rivalidad sin saña con los ticos.

En tiempos en los que discrepar y maltratar parecen verbos inseparables, da gusto que alguien ataje las ofensas.

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