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Opinión: El huracán “Fifagate”

Actualizado el 12 de septiembre de 2017 a las 07:33 pm

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Hay huracanes que dejan huella porque devastan a su paso. Pero de vez en cuando pasa uno que no lo provoca la naturaleza, el cambio climático o Poseidón, enfurecido con tanto irracional humano. Lo envía la justicia divina, no para desterrar árboles sino humanos, no destecha casas sino conciencias, no lava calles sino manos sucias de dinero sucio.

El Fifagate nació como un huracán cinco, sopló sus primeras furias en Zúrich, arrebató de sus camas de hotel fino a varios caudillos del fútbol y viajó sin perder fuerza, hacia el Caribe, Centro y Sur de América. Pocos huracanes han devastado tanto a una organización mafiosa como este y sus secuelas, aunque parezca estar degradado a simple temporal, en cualquier momento volverán a sembrar pánico entre los señores del futbol “encorbatado”.

En el Caribe sorprendió a Jack Wagner en altamar, disfrutando de la vida loca gestada a punta de vender votos de sus islas numerosas que juegan al futbolín. En Centroamérica no dejó títere con cabeza, incluso la de expresidentes de gobierno y de paso le dio la bienvenida y el adiós a nuestro mandamás del fútbol, que apenas iba a debutar en la silla de los dioses de Zúrich.

Siguió al sur y descargó su ira contra los viejos ideólogos de la mafia y las coimas futboleras. Del susto se fue para siempre Julio Grondona, quien enseñó el juego sucio a muchos de la vecindad, y mandó al hospital a Ricardo Teixeira, aquejado del corazón, pero no de la conciencia, quien por décadas compartió billetes y mañas con don Joao. Cobraron libras esterlinas, francos suizos, dólares y euros, conforme el tiempo los vio envejecer en sus sillas patriarcales.

En el sur arrancó de tajo los satélites de los amaños televisivos, que hicieron ricos a empresarios y dirigentes con las ventas infladas de los derechos de transmisión.

Arreglaron partidos, vendieron votos, pidieron mordida por la camiseta, por el patrocinio, por todo lo que el futbol y su industria permitiese vender. De nada valió que se encomendaran a Eolo, el dios de los vientos, ni que pidieran indulgencia a Poseidón. Truenos y rayos, diluvios y tormentas desataron su ira vengadora sobre estos hombres de manos curtidas por la codicia.

Algunos escaparon milagrosamente, amparados en la suerte o sorteando aquellos días huracanados. Pero la tormenta no ha pasado y así, como recién se llevó entre sus fauces al español José María Villar y a su hijo, puede que en cualquier momento recobre su fiereza y, despiadado, vuelva a soplar con ímpetu.

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