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Esto sí era un futbolista

Actualizado el 15 de junio de 2015 a las 12:00 am

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Vivía en Guácimo. A la sazón, un Macondo sin pasado, memoria ni mitología.

De Guácimo solo se salía en tren, a las 6:30 a. m. Más de tres horas para llegar a Cartago. En su vagón, se dejaba arrullar por el acompasado ritmo del ferrocarril. Entrenaba de 11 a. m. a 2 p. m. El regreso suponía otras tres horas de ese tren que “devoraba día y riel” (Machado). La sopa, y a dormir se ha dicho.

Así devanó el ovillo de los mejores años de su carrera. Fue enorme. Un pionero de la negritud en el fútbol costarricense. Héroe ungido cuando al jugador afro-descendiente se le prodigaba ora la tierna miradita que nos inspiraría un Cocorí futbolístico, sea el escupitajo verbal racista más procaz que sea dable concebir.

Un cometa no detectado por nuestros miopes telescopios, y nunca celebrado como lo merecía. Orfebre del balón. Bordador de filigranas. El jugador que encendía el fervor de las multitudes, el que se inventaba un gol a punta de caracoleos y vertiginosas piruetas. No era eso que hoy llamamos, con insufrible pedantería, un “jugador táctico” (perífrasis: tronco incapaz de intimidad con la pelota, reventón, rupestre, correlón, tieso, híbrido de tractor y androide).

Me recordaba a Garrincha, como él, puntero derecho: driblaba a un rival, y luego se devolvía para driblarlo nuevamente, antes de proseguir su sinuosa marcha hacia el marco rival.

No era un chiquito lindo, modelito de pasarela, guapetón de tabloide, miembro de esa casta mimada de las modernas vedettes futbolísticas. Era simplemente un buen muchacho, un gran profesional, la estrella de aquel Cartaginés que mereció ser campeón nacional por lo menos cuatro veces, allá en los sesentas.

Sí, amigos, me refiero a Wally Vaughns (Guali Ban).

Siete horas de tren al día. No manejaba un Jaguar, flanqueado por alguna modelo “frenteamplista”, parasitaria excrecencia brotada de su costilla. No era un polo deslumbrado, un figurón. No era material para portadas o titulares que sacan los ojos.

Era, simplemente, un señor jugador. De los verdaderos, no los Kens que posan junto a sus Barbies, en una vulgar apoteosis del plástico.

Echo de menos, a tales gladiadores. ¿Ustedes no? El virtuoso y el labriego sencillo.

¡Ah, mi romanticismo: un defecto del que me siento profundamente orgulloso!

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