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El fútbol era de todos

Actualizado el 12 de noviembre de 2015 a las 12:00 am

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El estadio era de todos. Se podía acudir con tranquilidad a las boleterías y comprar entradas para cualquiera de las graderías, desde palco hasta sol o popular. Y una vez instalado en el sector que fuera, se disfrutaba del espectáculo sin temores, sin amenazas, sin riesgos. Era una fiesta, una alegría, asistir los domingos o los miércoles a los “templos” del deporte más emocionante y apasionante en la historia de la humanidad. Sí, el estadio era de todos.

Los alrededores del estadio también eran de todos. Nos pertenecían a todos las calles aledañas, las aceras de las inmediaciones, los estacionamientos vecinos. Previo a los partidos, se permanecía o circulaba en esos espacios con absoluta confianza. Eran tierra de todos y, además, terrenos seguros. En ellos se conversaba, especulaba y bromeaba sobre el posible resultado de la contienda deportiva, y nadie estaba a la defensiva. En efecto, los alrededores del estadio eran de todos.

La ciudad era de todos. Me refiero al ambiente urbano en días de partidos del campeonato nacional. Se podían frecuentar parques, bulevares, librerías, cafeterías, templos, plazoletas, tiendas, bares, verdulerías, carnicerías, clínicas, joyerías, museos, galerías, mercados, farmacias, zapaterías, bazares, floristerías, ópticas, supermercados... sin observar el triste espectáculo de grupos (¡me siento tentado a utilizar la palabra manadas!) de fanáticos escoltados por la policía porque representan un peligro para los transeúntes. No había duda, la ciudad era de todos.

El transporte público también era de todos. Con excepción de las largas filas en las paradas, no existían inconvenientes para abordar cualquiera de los buses que pasaban cerca de los estadios en jornadas de juego. Los pasajeros se comportaban civilizadamente; a lo sumo, algún aficionado con un radio portátil a todo volumen escuchando los bateos que anteceden a los encuentros sobre la gramilla. Eran raros los pleitos, los eructos, los olores nauseabundos, las armas. Claro que sí, el transporte público también era de todos. Lo mejor de todo es que el fútbol era de todos. Lamentablemente, de este deporte se han apoderado poco a poco algunos matones, patanes, vulgares, cobardes, delincuentes. Ahora le pertenece a las barras. Lástima, antes el fútbol era de todos.

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