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Las falacias que nos gusta saborear

Actualizado el 20 de abril de 2015 a las 12:00 am

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La económica: México y USA nos superan porque son más ricos. Si el fútbol dependiese del PIB, los campeones mundiales serían Catar, Luxemburgo, Brunéi, y Suiza. Brasil ganó en 1958 y 1962 desde el más negro subdesarrollo, auténtica flor de favelas. Argentina triunfó en 1978 arrastrando un 90% de inflación, recesión profunda, deuda externa galopante, salarios depreciados, miseria, fricción entre sectores sociales, cámaras de tortura y violaciones de los derechos humanos por doquier.

La demográfica: tienen poblaciones multi-étnicas de 320 y 122 millones, contra nuestros cuatro milloncitos de labriegos sencillos. De tal argumento se seguiría que el campeón mundial perpetuo sería China (1.357 millones). Por otra parte, ¿cómo podría Uruguay, con sus tres millones, haber ganado dos mundiales y 15 copas América?

La localía: siempre juegan en casa. La historia de los campeonatos mundiales, Eurocopas y copas América lo prueba: Brasil, Alemania, Italia, Argentina, Francia, Uruguay, España e Inglaterra han perdido numerosos torneos jugados en sus propios predios. ¡Y de quiénes estamos hablando!

La de la “compra de estrellas”: tienen poder adquisitivo para capturar cometas. Ningún equipo nacionalizó más jugadores que España. En el Mundial de Chile, en 1962, era apodado “la ONU”: tenía en sus filas a Di Stéfano (argentino), Puskas (húngaro), Santamaría (uruguayo), Martínez (paraguayo), y pretendió comprar a Pelé. Fracasó miserablemente. Pese a su vicio de nacionalizar meteoros, España tardó 80 años en ganar un mundial (¡y criticamos a Cartago por sus 75 años de esterilidad!).

Al tico le gusta sentirse chiquitico, desfavorecidito, perjudicadito, y se acoge cómodamente al síndrome de David, luchando contra Goliats platudos y mangoneadores. México y USA suelen doblegarnos en la Copa Oro porque juegan mejor, punto. Todo lo demás son justificaciones. En lugar de atribuir el fracaso a causas exógenas, deberíamos practicar un corte histológico profundo en la piel de nuestra sociedad. Urge superar nuestra patológica mexicanofobia y gringofobia, y demostrar que no somos el tipo de paisito que se da por satisfecho con un buen mundial por siglo. Toda esta quejumbre, el estigma de tercerones, quedarán pronto reducidos a humo. Ganaremos. Lo sé.

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