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Desde la tribuna

Como don Quijote en palco

Actualizado el 30 de abril de 2015 a las 12:00 am

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Fue como si don Quijote de la Mancha hubiera aparecido de pronto en alguno de los palcos; digamos que llegó al estadio montado sobre Rocinante, “rocín flaco y galgo corredor” al que dejó amarrado en el estacionamiento del sector oeste.

O bien, que Ulises ingresara de repente en la gradería popular, solo, sin su esposa Penélope ni su hijo Telémaco; mucho menos en compañía del cíclope Polifemo o la ninfa Calipso.

Uno más: que Noé, el personaje bíblico del arca y el diluvio, ocupara una fila de butacas en platea, con una pareja de los siguientes animales: jirafas, elefantes, cebras, leones, monos cerdos y armadillos.

Lo admito, muy exagerados estos tres ejemplos para introducir el tema de esta columna: el hecho de que el sábado pasado vi en el Ricardo Saprissa, en San Juan de Tibás, a un tipo de aficionado que creía extinto en los estadios.

Me refiero a esos fiebres que un buen poco de años atrás solían asistir a esos escenarios deportivos equipados con radios portátiles del tamaño de un ejemplar de La Nación doblado por la mitad. Sí, no eran aparatos de bolsillo como los que portan hoy día muchos fanáticos, sino de mayores dimensiones y pesados como un ladrillo.

Allá por la década de los 70, mi tata asistía siempre al estadio en compañía de un radio de esos; al aparato lo protegía un estuche de cuero grueso y colgaba del hombro gracias a una faja.

Yo tenía años de años de no ver a un aficionado con un radio así en el estadio, razón por la cual celebré el reencuentro del sábado anterior. Lo descubrí durante el descanso de 15 minutos entre el primer tiempo y el segundo; el hombre, de unos 60 años, cargaba sobre uno de sus hombros un aparato provisto también con linterna, en el cual escuchaba los comentarios de los locutores deportivos. Como si fuera poco, este personaje caminaba envuelto en una enorme bandera morada que solo dejaba al descubierto unas tenis blancas.

En cuanto detecté a ese aficionado en el sector de platea este, alerté a mi padre, quien muy posiblemente recordó sus años de fiebre cuando iba al estadio con tamaño radio para escuchar la transmisión de lo que veía desde la gradería. No me extrañaría que un día de estos, mi viejo se convierta en un Quijote, un Ulises o un Noé del estadio.

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