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Aquel 24 de diciembre

Actualizado el 19 de diciembre de 2015 a las 12:00 am

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En la época de nuestra infancia, cuando llegaba diciembre, surgía la paradoja. En lugar de acercarse, la noche de Navidad parecía cada vez más distante. Sería por la ansiedad. Por la ilusión. Por la expectativa de recibir, al menos, dos o tres regalos de las tantas peticiones escritas en la carta al Niño Dios.

Por fin, tras el atardecer del 24 de diciembre, se insinuaba la oscuridad. Entonces, a los chiquillos nos mandaban a dormir (con un ojo abierto)… Tictac, tictac, tictac…

Por ahí de la medianoche, en el vano de la puerta de la habitación que compartía con mi hermano mayor, se recortaba la silueta del Niño Dios, quien ingresaba silenciosamente a colocar los regalos, al pie de nuestros respectivos catres.

Luego, el mítico personaje salía de puntillas. De inmediato, un olor a cuero curtido, sin estrenar, comenzaba a impregnar la pequeña atmósfera de nuestra habitación. Con la emoción contenida, mi hermano y yo nos levantábamos sigilosamente, para no ser descubiertos.

Aún conservo la indescriptible sensación de felicidad que me causó palpar en la oscuridad mi primera pelota de fútbol, una reluciente Criolla, la emblemática marca oficial de los balones profesionales en los años 60.

Horas más tarde, al amanecer, mi balón piel caoba rodaba y volaba sobre el zacate del potrero de San Francisco de Calle Blancos, al norte de la iglesia de ladrillo. Será por su redondez, sin principio ni fin, que la atávica esfera gira desde siempre en nuestras vidas, profundamente ligadas al fútbol.

El “niño dios” que refiero era, en realidad, un hombre imperfecto, pero abnegado –lo fue hasta su muerte-; desheredado en tiempos de marcadas clases sociales, por haber contraído nupcias con la muchacha más linda de Guadalupe, y no de la alta sociedad josefina, como correspondía a un galán de su linaje, según las rígidas normas de la época.

¡Cuántos amaneceres; tantos atardeceres! Hace varios años que no visito el reducto de tus cenizas. Sin embargo, ahora que sobrepaso, por mucho, la edad que tenías en aquella noche navideña, con un velo de nostalgia en mis pupilas humedecidas, quiero expresarte, de aquí a la eternidad: ¡Gracias, padre! ¡Gracias por la Criolla!

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