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Un día ayuno de fe

Actualizado el 29 de julio de 2015 a las 12:00 am

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Un día ayuno de fe

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Hoy amanecí sin fe. Por muchas razones la fui perdiendo en las últimas semanas, hasta terminar con una sequía emocional, tan grave como la procesión luctuosa de la Sele en la historia de la Copa Oro.

Perdí la fe. Hasta la semana anterior no creía que un árbitro de fútbol se dejara comprar. Después de los penales fantasmas contra Costa Rica y Panamá no me cabe duda. Y menos cuando los dos silbateros, casi de inmediato, reconocieron sus errores. Alguien los mandó a hablar para tapar la verdadera mano que les silbó al oído la orden de poner a México en la final.

Perdí la fe, poca, que alguna vez tuve en el proceso de Wanchope. Le di el beneficio del “tal vez” en los albores de la Copa, pero no me queda ni un rastro de incertidumbre: el fracaso rotundo en resultados, pero más el de funcionamiento del equipo, me arrancó toda sombra de duda.

Perdí la fe en el futuro. El sorteo para la cuadrangular me mandó al panteón en el Grupo de la Muerte. Aquella “calaca” vestida con el uniforme blanco, rojo y azul, en los días de Brasil, ahora la veo más pálida que nunca, despojada de los colores patrios e invitándonos a pasar a sus aposentos, a punto de engarzarnos con su guadaña. Perdí la fe en nuestros dirigentes desde el lunes aquel cuando, recién bajada la Sele del avión, el presidente confirmaba a Wanchope. Sin análisis, sin reunión de la Comisión de Selecciones, sin oír a los expertos, sin pedir un plan de emergencia al tripulante que nos debe llevar a Rusia.

Perdí la fe en los jugadores, que no hicieron valer en la Copa su compromiso de mejorar, su cacareado respaldo al técnico (más bien le zafaron la tabla) y nos arrebataron el recuerdo enorme de sus mejores días, cuando los hicimos héroes y ángeles.

Y perdí la fe en el juego limpio cuya bandera se la han puesto de taparrabo Andrés Guardado, Piojo Herrera, y todos aquellos jugadores y dirigentes mexicanos que se atrevieron a celebrar el primer penal, el segundo, el tercero, y un título arreglado, para que los dos grandes de Norteamérica se vuelvan a enfrentar en octubre, con un nuevo taquillón incluido. Así me siento hoy. Perdí hasta la fe en mí mismo, por ser incapaz de aferrarme a mi fe futbolera. Ojalá llegue mañana pronto y, con la luz del día, baje al menos un rayito de esperanza para darle alegría a mi corazón.

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