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El desencanto por el fútbol se cura solo

Actualizado el 19 de julio de 2015 a las 12:00 am

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El desencanto por el fútbol se cura solo

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Usé alguna vez una camiseta con una pelota de fútbol estampada en el pecho sobre la leyenda: “Hasta que la muerte nos separe”.

A la muerte se le han adelantado otras “dificultades”. Del mejenguero empedernido pasé a fanático de los juegos de mesa, luego a tenista aprendiz, esporádicamente al niño grande con el play station y últimamente al corredor con más esfuerzo que condición física. De repente sucede, dice un cuento por ahí. Un día sin previo aviso desaparecen las ganas de jugar fútbol, la pasión, el cosquilleo ante la palabra “mejenga”, los goles imaginados y las jugadas soñadas.

No hay en la farmacia algo que lo alivie. No hay médico especialista en el país que cure tan extraño síndrome. Simplemente, de repente, sucede.

Cada cierto tiempo, los síntomas también afectan al aficionado. No se descuide si usted puede perderse los partidos del fin de semana, apenas preguntar cómo quedaron, no correr ni apurar el paso si anda por la casa y desde la sala llega el grito desgalillado del narrador en televisión. Esto del periodismo deportivo ayuda (y obliga) a mantenerse, pero qué será de aquellos que de pronto un día amanecen sin fiebre de gol.

En media desazón, a veces salva la milagrosa aparición de un Real Madrid-Barcelona, el golazo de Messi o Cristiano, algún juego decisivo de Champions o, ni qué decir, un Mundial como Brasil 2014. Nada parece suficiente, sin embargo, en estos tiempos de Copa Oro.

Tan tiznada como una olla en cocinada de leña, la Copa, que de oro ha mostrado poco, de pronto nos ofreció un salvador 4 a 4, ese rsultado típico en las plazas de barrio, colección de fisuras defensivas, líneas partidas, errores de un lado y otro, atrevimiento, esfuerzo y ambición por encima de lo táctico, esta vez entre México y Trinidad. Entonces, cuando los médicos no encuentran la cura, los goles se convierten en un bálsamo.

De inmediato también sucede lo inesperado y emocionante: Costa Rica vs. México apenas en los cuartos de final. El interés vuelve y comparte sillón con el escepticismo y se pone una camiseta con una pelota en el pecho sobre la leyenda: “Hasta que la Sele nos separe”.

Por dicha (y por si acaso) sospecho que la pasión a como se va, puede volver. Quizás se cura sola.

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