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Desde la tribuna

La bola de fuego

Actualizado el 19 de marzo de 2015 a las 12:00 am

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La bola de fuego

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El amanecer ingresa de puntillas en el camerino de la noche, abre el armario de los balones y extrae uno enorme, luminoso y caliente llamado Sol. Con él en sus manos salta a la cancha del tiempo a la hora de los relojes despertadores y los bostezos y echa a rodar al astro rey, cuya luz brilla detrás de cerros, montañas y volcanes. Es el inicio de un partido no de 90 minutos de duración, sino de un día entero.

De repente la bola empieza a ganar altura. Sus rayos se filtran en casas y edificios a través de las ventanas, dan de lleno contra los árboles y despiertan a los pájaros dormilones, y despojan a los gatos de los techos donde pasaron la noche maullando y retozando.

Poco a poco el partido entra en calor. Lo dicen los aficionados que visten ropas frescas, las prendas que comienzan a secarse en los tendederos –o en las cercas de púas en las zonas rurales– y los escolares recién bañados que a temprana hora de la mañana no conservan rastros de humedad en sus cabellos. La prueba más fehaciente la aporta el termómetro.

La redonda sube cada vez más. Sin hacer mucho esfuerzo supera, en cuestión de pocos minutos, la altura de las graderías de los estadios, los postes de alumbrado eléctrico, los semáforos, las vallas publicitarias, los campanarios de las iglesias, las señales de tránsito ubicadas sobre las autopistas, las terrazas de los edificios, las antenas de telefonía, la torre de control del aeropuerto. Se trata, sin ninguna duda, de un juego de altura, de esos que nos hacen tocar el cielo.

¿Quién patea al balón tan fuerte para que se eleve así?¿Cómo se llama ese jugador?

¿Es portero, defensa, mediocampista o delantero? ¿En cuál gimnasio entrena y cuál rutina de ejercicios realiza para fortalecer las piernas?

No se trata de una patada cualquiera, dada al azar. Es más bien un remate a marco, solo que no directo; de los que “bañan” a los guardametas porque los sorprenden adelantados, casi en el límite del área grande o fuera de ella. Si no vean lo que ocurre con el Sol: desciende despacio al final de la tarde y cuando el portero de las horas se percata del peligro y corre hacia el marco, ya es tarde, la bola de fuego se acomoda en el fondo de la red del mar. Luego el ocaso echa a rodar la Luna, pero este es otro partido, otra historia.

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