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Para mi amigo, que lucha

Actualizado el 28 de agosto de 2016 a las 11:00 pm

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Jacques Sagot.

Al ganar la Liga de Campeones de Europa, el 28 de mayo de 2011, Carlos Puyol, bastión defensivo del Barcelona durante 20 años y capitán por antonomasia de su cuadro, cedió la capitanía a su colega francés Éric Abidal, para que este pudiese alzar la copa. Abidal venía de superar, en tiempo récord, un tumor cancerígeno en el hígado, con la peor prognosis concebible. Logró jugar los noventa minutos del partido, y Puyol le cedió el brazalete de capitán para que pudiese experimentar el gozo de un triunfo que era, a un tiempo, deportivo y vital.

Hace falta algo más que jugar bien para desempeñar esa función, honrosa entre todas, que es la capitanía de un equipo. Ahí está Puyol para demostrarlo. Abidal solo estuvo fuera de las canchas durante 402 días. Volvió al terreno de juego para ganarlo todo: campeonato europeo, campeonato de liga español, Copa del Rey... Indoblegable espíritu, una fuerza de voluntad capaz de "tomar al destino y torcerle el pescuezo" (Beethoven). Cuando su enfermedad fue diagnosticada, los médicos cometieron el error de robarle la esperanza: según ellos, no viviría más de tres meses. Pero he aquí que un año más tarde era triple campeón, y gozaba de una salud que se hubiera deseado Hércules para el más épico de sus días.

No libró su batalla solo. Una vez más, el Barcelona actuó como un verdadero equipo: ahí habían estado sus compañeros apoyándolo, insuflándole la vida, librando la batalla con él, hombro a hombro, todos en la misma trinchera. Cuando Puyol le cedió la capitanía, en aquel partido que lo consagraba, no celebraba únicamente el triunfo individual de Abidal, sino la victoria de todo el cuadro, de los once hombres que habían muerto y resucitado con él mil veces, durante "la noche oscura del alma" (San Juan de la Cruz), el tránsito de fuego de su enfermedad.

El deporte tonifica los músculos del espíritu. La lúdica batalla futbolística es una alegoría de la gran lucha por la vida. El triunfo en el terreno de juego metaforiza el triunfo sobre la adversidad, los golpes de revés que nos asesta el sino. ¿Un enjambre de células perversas que un mal día deciden colonizar el organismo que las aloja? Abidal las venció inapelablemente. Tengo la certeza de que también tú, amigo querido, lo lograrás.

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