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El abuelo Rubén

Actualizado el 23 de mayo de 2015 a las 12:00 am

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Acabo de tomar un café en Chelles. Es uno de los placeres sencillos de mis tardes urbanas. Cruzo la calle en diagonal y al subir a la acera, tras capear un bus de San Pedro que arrancó de súbito, quedo a un metro de distancia del afiche de una marca comercial, pegado en un puesto de venta ambulante. Es una fotografía en plano entero de Bryan Ruiz, quien luce el uniforme del Fulham inglés.

Con balón dominado, Bryan mira atento al frente (visión periférica, que llaman). Entonces, superado el susto inicial por causa de un chofer imprudente, ahí, frente al cartel, imagino que yo soy un zaguero que lo presiona.

Le hago un amago a Ruiz, pero el astro no pierde la pelota ni su prestancia.

De pronto, caigo en cuenta de que la gente me podría estar mirando. Creerían que estoy loco. Pero, no. En realidad siempre he sido así. De chiquillo, besaba a las mujeres bonitas de los carteles cinematográficos, igual que lo haré de nuevo, apenas coloquen en las carteleras el afiche de la película nacional Presos. Ahí aparece la bella Natalia Arias, excelente actriz y protagonista del próximo estreno del cineasta Esteban Ramírez Jiménez.

Nada malo ni retorcido habrá en ese beso robado. Solo genuina admiración de cinéfilo.

Vuelvo al cartel de Ruiz. Dejo de soñar y ahí, de pie, al reflexionar en torno a la brillante trayectoria del capitán de la Tricolor , pienso en don Rubén González, abuelo y artífice de las carreras deportivas de los hermanos Ruiz González, dos grandes de nuestro fútbol; Bryan, destacadísimo en Europa; Yendrick, con su estirpe de goleador florense.

Si a todos nos protege un ángel de la guarda, el abuelo Rubén ha sido un fiel centinela del bienestar de su familia; la luz de su nieto por las canchas del mundo. Hoy, cuando Bryan atraviesa un pasaje de incertidumbre como profesional, casi atado a un club que amenaza con degradar el estatus futbolístico del avezado mediocampista, es de esperar que, una vez más, el consejo sabio, prudente y oportuno del abuelo Rubén, le recuerde a Bryan el camino de la paciencia, la virtud de la persistencia y, sobre todo, la esperanza de que, como escribió Isaac Felipe, poeta costarricense: “…nunca se pone más oscuro, que cuando va a amanecer”.

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