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Solteros contra casados

Actualizado el 24 de diciembre de 2015 a las 12:00 am

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Solteros contra casados

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Solteros contra casados. Era el clásico del vecindario, el reto que los habitantes del barrio José María Jiménez, al costado sur del Centro Comercial del Sur –en la ruta hacia Desamparados– esperaban y que se jugaba en el Día de la Madre.

No tenía lugar en un estadio ni en alguna cancha, sino en un terreno desocupado del kínder de la comunidad, un lote en pendiente que iba a dar al río María Aguilar.

A pesar de la sencillez del campo, el partido contaba siempre con la participación de un árbitro que se encargaba de impartir justicia o injusticia. Uno de tantos años, la “comisión de arbitraje” del barrio escogió como juez al señor Jorge Soto, quien ni lerdo ni perezoso se apuntó al vacilón.

En determinado momento del duelo, uno de los delanteros –un hombre alto y fornido– fue derribado cerca de las improvisadas porterías del cuadro contrario. Como no había áreas marcadas, el hombre del silbato decretó falta mas no penal y, fiel a lo que suele suceder en las mejengas, se armó un zafarrancho.

Sí, reclamos airados de uno y otro bando. “Que sí es penal”. “¿Cómo se le ocurre? ¿No le da vergüenza?”. “¡Seamos legales, esto es pena máxima y roja!”. “Qué cáscara, no se pone ni rojo”. “No echemos a perder la fiesta de las madres”. “Podrá ser el día de las mamás, pero penal es penal”.

Don Jorge se mantuvo firme.

Cuando finalizó el partido, el jugador que había sido derribado en la supuesta área, se encaminó a paso firme hacia el árbitro, quien al ver la determinación de aquel hombre fortachón pensó: “Qué tirada, ahí viene ese a buscar pleito. No me va a quedar más que ponerme los guantes y fajarme”.

Pero, cuando el delantero llegó frente al silbatero le puso una de sus manos en los hombros y se disculpó por las palabras airadas que había dicho durante la polémica en torno a si había que señalar penal o no. Don Jorge respiró tranquilo.

No tuve la dicha de conocer al protagonista de este episodio, pero su hijo Álvaro –profesor de Estadística en la UNED– me contó la anécdota el pasado 19 de diciembre en el bar La Bohemia, ubicado en el distrito capitalino Catedral.

Esa noche, en medio de tamales, arroz con pollo, albóndigas con arroz y garbanzos, brindé en silencio por el fútbol, ese maravilloso deporte siempre lleno de historias.

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