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Desde la tribuna

Una Selección mimada

Actualizado el 01 de abril de 2015 a las 12:00 am

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Esta Selección ya no es la misma. Aquella, la que viajó al Mundial con cartel de Cenicienta no la queremos ver, la desconocemos. Por eso el conformismo hay que erradicarlo.

La atmósfera que se respira a su alrededor es diferente. Hay un aire de confianza a lo interno y que irradia sensaciones a lo externo, como si ese Mundial lo hubiésemos jugado todos.

La cita contra Paraguay fue la prueba. No solo llegaron 28 mil aficionados, sino que lo hicieron con una empatía casi reverencial hacia los jugadores. ¡Y cómo no!. Querían ver a un Navas que nunca habían visto, al galáctico, al que entrena todos los días junto a Ronaldo, recibe en su casa a James Rodríguez, hace comerciales con Ramos, Bale y Benzemá, y al que más de la mitad del madridismo quiere en la portería.

Deseaban redescubrir a aquellos ídolos de su club que se marcharon a Europa, con cara asustada, pero que volaron alto, como sus sueños, y que sobrevivieron al frío nórdico, al idioma extraño y al ritmo intenso del nuevo mundo. A esa legión que nutrió a la Sele de Pinto y que maravilló al planeta por nivel y atrevimiento.

Esta vez no hubo silbidos para Junior, la mayor sorpresa mundialista, ni reproches para Bryan por no alcanzar el nivel europeo, ni reclamos al Saborío que medio país solía rechiflar. No hubo dudas.

El Nacional no fue el mismo, ni siquiera el de aquella noche en que bendecimos el pase con un gane ante México. Había un aire casi místico, generado por la presencia de tres ticos enrolados en La Liga de las Estrellas, de un Duarte que es figura en el futbol belga, de un Ruiz que nos evoca imágenes épicas en el Twente y en el Mundial, de un Díaz que no se deja de los fieros alemanes, y de unas ausencias - “Pipo”, Oviedo y Gamboa-, que tienen un sitio en el Viejo Continente.

Por eso, un empate sin tiros a marco sabe a poco, a pesar del buen nivel defensivo y control del juego. Y a partir de ahora, el público tendrá que a aprender a dividir su corazón entre la idolatría y la exigencia. Porque solo a partir de ésta última podrá mantenerse o crecer la historia de estos ídolos.

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