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Rosario, la radio y el fútbol

Actualizado el 14 de noviembre de 2015 a las 12:00 am

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Rosario, la radio y el fútbol

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La tía Rosario perteneció a una distinguida familia de San José en los albores del siglo XX.

Los tiempos eran prósperos y, además de linaje, había poder económico, gracias al espíritu emprendedor de mi abuelo español, tanto que los García Valverde fueron de los primeros habitantes que tuvieron carro y chofer en la capital. Y exhibían el glamour por calles y avenidas de la apacible Tacita de Plata.

Años más tarde, cuando se acercaba a la madurez, la tía Rosario encontró el amor.

El tío Rafael, un príncipe de overol y herramienta, mantuvo en un pedestal a su china entrañable por 39 años, hasta que murió Rafael, en 1991.

Como no tenían hijos, Rosario se quedó completamente sola en su casa grande. Sus sobrinos la entreteníamos el fin de semana.

Al anochecer del domingo, al regresar a su residencia y voltear el llavín de la puerta, la tía disponía la mesa del día siguiente.

Minuciosa y metódica, chorreaba un pichel de café que calentaba cada mañana y le rendía hasta el sábado. Una taza. Un plato. Un tenedor.

En la época de bonanza, su perfil aristocrático le impedía prestar atención al fútbol. Pero, cuando se convirtió en una viuda íngrima, la radio pasó a ser su fiel interlocutor, tanto que se dedicó a sintonizar programas deportivos y adquirió un bagaje envidiable.

Javier Rojas, Miguel Cortés y Leonel Jiménez, con sus espacios Actualidad, Oro y Grana y Sensación Deportiva, respectivamente, eran blanco de sus críticas.

Por nada del mundo se perdía las transmisiones.

Junto al radio de transistores, mi tía dialogaba con su propia sombra y les contradecía en voz alta, aunque estos distinguidos periodistas, jamás se enteraron.

Con la radio y el fútbol, la tía logró reinventarse. Sobrevivió 13 años a su marido y, además de que se divertía poniendo en cintura a la sobrinada en tardes de café inolvidables, también neutralizó a sus fantasmas, hasta que partió a la eternidad, en agosto del 2004.

Vean ustedes que cada quien tiene su modo de apreciar el fútbol y de encapsular mensajes en una botella, como esas que los náufragos lanzan al mar desde sus islas desiertas.

En el ocaso de su existencia, la tía Rosario vivió frugalmente. Fue una mujer digna, libre y valiente que se apañó con la soledad. Hasta el último día.

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