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Opinión: El lujo también se revienta

Actualizado el 09 de noviembre de 2016 a las 10:10 pm

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Opinión: El lujo también se revienta

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Diciembre 25 de… ¡qué importa el año! El hecho es que a uno de los amigos del barrio le regalaron un balón durante el festejo de la Navidad. Por supuesto, ¡había que estrenarlo de inmediato!, pues nada mejor que una mejenga para empezar a reducir los kilos ganados en los últimos días a punta de tamales, cerdo, queques navideños y otros manjares.

Lo mejor de todo es que la bola era sintética, esas que empezaban a ponerse de moda porque podían mojarse y aun así se mantenían livianas, y no una de cuero que empapadas pesaban más que ver ganar a Donald Trump.

Bastaron unas cuantas llamadas telefónicas para coordinar el partido: a las dos de la tarde en la plaza ubicada frente a la escuela. La idea era que llegaran todos para jugar de marco a marco.

Como siempre, primero llegaron los más “fiebres”, los “calenturas” que no se perdían la transmisión de ningún partido y llenaban los álbumes con las postales de los jugadores de cada mundial. El dueño de la bola se hizo presente a las dos en punto. Portaba la redonda en un maletín, el cual abrió con paciencia franciscana, consciente de que todos estaban ansiosos por conocer al balón que les depararía tantas alegrías.

Una especie de luna llena que intercalaba gajos hexagonales blancos y negros. Todos querían patearla, cabecearla, hacer series, pararla con el pecho, rematar a marco. ¡La redonda pasó la prueba!

Acudieron 16 mejengueros: ocho contra ocho. Un portero en cada marco y 14 jugadores de campo. Sí, de marco a marco; privilegios que concede la juventud.

Todo era fiesta, alegría, juego, bromas, entusiasmo, carreras, una que otra jugada de fantasía, túneles, risas, silbidos, pifias…

En fin, los amigos la estaban pasando bien.

Sin embargo, de repente –cuando el marcador era de 2 a 1– la bola salió a la calle tras una barrida. Al conductor de un auto no le dio tiempo de frenar y el balón terminó su corta vida reventado por una llanta.

Todos abrazaron al exdueño de la pelota, como dándole el pésame. El 26 de diciembre se jugó la revancha… con una vieja y descolorida bola de cuero que durante meses había permanecido olvidada debajo de una cama.

De esta forma aprendieron que hasta en el fútbol hay momentos para darse ciertos gustos y caprichos, pero que a veces no queda más que jugar con lo poco que se tiene, en especial cuando los lujos empiezan a explotar.

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