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Opinión: El loco bueno de la Cibeles

Actualizado el 22 de agosto de 2017 a las 07:25 pm

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Canta Ana Belén que el enfermo 16 se escapó de Ciempozuelos, con su capirote de papel, una espada de madera, zapatos de payaso, y que al pasar por La Cibeles quiso sacarla a bailar un vals.

En su hora de locura la escuchó decir: “¿Qué tal? Estoy sola y sin marido, gracias por haber venido a abrigarme el corazón”. Él le llevó un anillo, que se robó en el Corte Inglés, para pedirle matrimonio a su estatua preferida. La misma a la que Iker Casillas o Sergio Ramos han abrigado con la bandera de España o del Real Madrid, cuando concurren con miles de aficionados al festejo.

Dice también la canción que el enfermo 16 cayó como un pájaro del árbol, cuando lo obligaron a soltar los labios de mármol. Y que un taxista que pasaba quedó mudo y chocó contra el Banco Central, al ver como empezaba la Cibeles a llorar.

La noche del 17 de agosto sucedió algo tan impensado como la historia de la canción: La fuente donde está la diosa preferida de los madridistas, la de tantos festejos del equipo blanco, se vistió con los colores de la bandera del Barcelona. Y lloró la Cibeles de verdad, igual que lloramos todos en todas partes, porque unos enajenados de verdad chocaron no contra el Banco Central, sino contra hombres y mujeres que recorrían el Paseo de Las Ramblas, en Barcelona.

La emblemática avenida catalana es la cuna del festejo en los triunfos del equipo de Messi. Allí huele a futbol, tanto como alrededor de la Plaza de Cibeles. Pero desde el 17 de agosto también huele a muerte, a sinrazón, a desprecio por la vida, a locura peligrosa, no tierna e inofensiva como la del enfermo que besó a la diosa de la fuente.

Dos ticas estaban en Las Ramblas y fueron heridas. Igual que estaba en el atentado de la maratón de Boston Carlos Arredondo, nacido en Barrio México, quien, de antiguo inmigrante ilegal pasó a ser héroe, tras salvar a varios heridos en la explosión del 15 de abril del 2013.

Arredondo pudo enloquecer después de que un hijo murió como militar en Irak y el otro se suicidó por depresión. Pero escogió la vida, se volvió un activista por la paz, salvó a un espectador que perdió las piernas en el atentado, y nos enseñó a todos la fuerza del amor.

Ojalá el Mundo estuviera lleno de locos como el pretendiente de la Cibeles, inofensivos, arrebatados por el afecto y no por el odio. O de muchos Carlos Arredondo, quien, en lugar de enloquecer por los golpes de la vida, optó por reclamar la paz y salvar de la muerte a víctimas de esta epidemia extremista en que se convirtió el planeta.

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