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Opinión: El club de los 12 llorones

Actualizado el 16 de agosto de 2017 a las 12:00 am

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Pícaro como en su época de jugador, Hernán Medford ha lanzado un dardo, justo al lagrimal de cada uno de sus colegas. Y así, como quien no quiere la cosa, ha fundado el club de los llorones. De paso, les recetó lo que a todos los niños cuando reclaman excesivamente la teta: una chupeta.

La jugada es buena. Como a su equipo lo acaban de favorecer con un par de fallos arbitrales, contraataca al técnico de turno: Lo mete en el saco de los llorones. Al mismo tiempo, por si las moscas, y reconociéndose un integrante bravo de esa docena de “moquientos” afectados por el virus arbitral, se reserva el derecho de sacar el pañuelo a futuro. “¡Porque el que no llora… No mama!”.

Esa entretenida conferencia de Medford me recordó la película Doce Monos . Bruce Willis, en el papel de un prisionero del 2035, viaja en el tiempo al pasado para encontrar el virus que acabó con casi toda la humanidad y condenó a los sobrevivientes a permanecer bajo las alcantarillas.

El viajero regresa a buscar la organización de los Doce Monos, presuntos responsables de liberar el virus. Pero en esas idas y regresos al ayer y al mañana, es tratado de loco y hasta llega a creer que él es uno de los culpables de que se haya propagado la epidemia.

De haber caído en el 2017 y en Ticolandia, no habría encontrado ningún club de los Doce Monos, sino a 12 llorones, cada uno con un club y que se imitan como monos en la lloradera. Porque sí, Hernán tiene razón: Es un cuento eso de que algunos técnicos tienen el lacrimal reseco y no les sale ni una gota, por más que el árbitro de turno se invente tres penales en contra, permita dos goles en fuera de juego y expulse a la mitad de su equipo.

Algo así como los 12 Judas alrededor de la Comisión de Arbitraje. Le lavan los pies y aquello que dijo Medford, pero que no puedo repetir. ¡No Maestro, yo no lloro! Pero todos lloran, aunque por turnos, según como les vaya en la jornada. Solo que uno de ellos, agarrado con las manos en los ojos, confeso y bautizado a sí mismo como “el negrito llorón”, no tiene pena ni empacho en admitir que él si le entra bonito a la lloradera.

Esta vez, lo simpático no le quitó lo sincero.

Creo que se ha hecho merecedor de la presidencia del club de los plañideros. La Comisión de Arbitraje debería regalarle un pañuelo, pero al mismo tiempo repartir otros 11, con carácter preventivo. Porque ya se viene la epidemia.

Ni dudarlo. Y si no, nada más enviar a un pasajero en el tiempo, a revisar las conferencias de prensa del torneo pasado y de este mismo incipiente campeonato. El Bruce Willis que lo haga debe tener el corazón duro y la sensibilidad dormida, porque si no puede acabar convertido en un llorón, socavado en espíritu por tanta lágrima y tanto moco derramados en las salas de prensa.

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