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Opinión: La bolsa de la discordia arbitral

Actualizado el 28 de febrero de 2017 a las 11:10 pm

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No veo a un abogado llegando al juicio con una bolsa de chocolates para la jueza. ¡Y menos al imputado! Pero lo realmente feo, sería que la encargada de impartir justicia los acepte y se endulce la mañana a punta de cacao.

En un partido de fútbol el árbitro es el juez. Entonces, hay que medir el caso con idéntica regla. En España hay un debate porque después de un Villarreal frente al Real Madrid, los silbateros han desfilado con una bolsita del equipo monárquico, con banderines, lapiceros y no sé qué cosas más.

De seguro el polémico penal concedido al equipo blanco no tiene ninguna relación con el obsequio. Tal vez los banderines eran para sus amigos y los lapiceros están en casa de los niños del vecindario. O, dirán ustedes, “nadie se vende por tan poca cosa”. Pero entonces entraríamos al debate del precio de cada quien, del valor sentimental de una bufanda, de la devoción por una camiseta de fútbol, o de la prudencia como arma de trabajo.

Un debate innecesario si Gil Manzano y sus asistentes hubiesen rechazado con cortesía los regalos, aunque dicen es práctica en España. Pregunto: ¿Lo habrían aceptado, si Ramos se los ofrece en el campo, justo al cambiar banderín con el capitán rival? Como la respuesta es no, entonces no hay razón para que en la intimidad de los pasillos del estadio hayan extendido la mano para recoger la bolsa que hoy entretiene en el fútbol español.

En un deporte donde se inculca la rivalidad acérrima y el madridista es anti-barcelonés, como el liguista anti-saprisista, y viceversa, el árbitro tiene suficiente con el fardo de dudas e inconformidades que arrastra. Inapropiado, además de tonto, es que alimente de incógnitas ese saco pesado con que camina por la vida con su profesión a cuestas.

De paso, lo mismo vale para los periodistas. Otro que juzga, pero desde la butaca. Que aprueba y condena de cara al público. Que califica y descalifica. Y que, por lo tanto, tampoco debe aceptar pequeñas o grandes dádivas detrás de la malla.

Hace poco, cuando Eduardo Li confesaba haber recibido un soborno para negociar el actual uniforme de la Selección, aparecieron generosas y desinteresadas manos regalando camisas a los periodistas. Solo conozco un caso de rechazo. Y cuando esperaba un escándalo porque ingenuamente pensaba que esa oferta sería una bomba noticiosa, el silencio me dio una bofetada.

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