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Opinión: ¡Salud, artista!

Actualizado el 30 de julio de 2017 a las 05:13 pm

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No jugaba al fútbol: lo bailaba, lo coreografiaba, lo improvisaba. Era tan artista como futbolista. Tenía con el balón una relación íntima, simbiótica y, en el sentido más laxo de la palabra, erótica. La pelota era una prolongación de su cuerpo. Ustedes pueden hablarme todo lo que quieran de Messi y CR7, pero yo les respondo: el mundo echa de menos a Ronaldinho. Su vacante en el variopinto carnaval del fútbol mundial sigue vacía, nadie ha ocupado su puesto, y es con nostalgia profunda que nos preguntamos si habrá nunca reemplazo para la gran ausencia-presencia que dejó.

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Aunque con frecuencia jugaba de mediapunta izquierda, Ronaldinho fue el último diez clásico que el fútbol nos deparó. Ese número diez del que hoy hablamos como de los dragones o los unicornios: criaturas extintas, residentes de ese espacio intersticial entre realidad y fantasía que llamamos “leyenda”. Construía juego, definía, era letal con los tiros libres, llegaba al cierre de las jugadas, tenía gol, era veloz, driblaba, se prodigaba como un pasador excelso, era inimaginablemente habilidoso y además, supremamente inteligente en términos tácticos. Y, sobre todo, verlo era una fiesta para los sentidos. Fue el tipo de niño cuyo mejor amigo y confidente era la pelota de fútbol (eufemismo para aludir a cualquier cosa vagamente esférica: una naranja podrida como una pelota hecha de trapos amarrados), el diamante de las favelas, el mocoso que aprende a jugar en la calle, no en una exclusiva escuela de fútbol. Hay una cualidad que solo se aprende en la calle: la malicia, la picardía, la capacidad para improvisar: eso que únicamente aprenden los “chiquillos malos”, porque los excesivamente “buenos”, con toda probabilidad, no pasarán de ser oficiosos y sumisos burócratas.

Una sola cosa le faltó a Ronaldinho: haber sido zurdo. Aun así, aprendió a hacer la “viborita”, el “zigzag” de su admirado Rivelino, creador de la jugada en cuestión, y uno de los zurdos más formidables de que se guarda memoria. Sí, el mundo echa de menos a Ronaldinho. Sus “bicicletas”, “tacos, “caños”, “rabonas”, una infinidad de regates, muchos de ellos innominados, ¡porque los inventaba sobre la marcha! La síntesis perfecta entre arte y deporte. Ronaldinho: el alma del fútbol pasó por el mundo.

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