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Opinión: Porteros que se niegan a crecer y a creer

Actualizado el 10 de noviembre de 2016 a las 09:29 pm

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Opinión: Porteros que se niegan a crecer y a creer

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Ahora que regresó al país para defender el arco de la Sele ante Trinidad y Tobago y Estados Unidos, Keylor Navas contó en una entrevista que sus compañeros de colegio se mofaban de él.

Esto que hoy conocemos como bullying se lo recetaban cada vez que deslizaba su aspiración de convertirse algún día en el portero titular del Real Madrid.

Sus acosadores subestimaron el poder de un sueño en la mente de un adolescente así como la fortaleza y convicción para cristalizarlo sin importar obstáculos y burlas. El resto de la historia ustedes la conocen y no es el objetivo de este artículo, excepto por la lección dorada de adónde puede llevarte la vida cuando mejoras y crees en ti mismo.

Tengo 54 años, he visto porteros de todas las raleas desde 1968 y, sinceramente, me resulta difícil elaborar un ranquin aunque no puedo sustraerme a la tentación de citar mis favoritos.

Sin usar a Keylor como ejemplo, por ser de otra dimensión, en mi lista está un saprissista que recaló en Cartaginés en 1972 y me conquistó con sus paradones.

Les hablo de Rodolfo Umaña, un portero seguro arriba y abajo, un manual con guantes de cómo jugar el área, estar siempre en la trayectoria de la pelota o volar para sacar remates al ángulo.

Hay un trío de estilistas que también me atrapó: el panameño Roberto Tyrrel, de Alajuelense, una pantera por reflejos y reacción, y los limonenses Hernán Silvestre y Evaristo Allen: altos, flacos, ágiles y temerarios para rifarse la vida por un balón.

En aquel distante 72’ también defendió el arco blanquiazul Emilio Sagot (+), un tipo que bien podía atajar con frac por su elegancia, plasticidad en cada intervención y repertorio.

Más contemporáneos e igualmente espectaculares me resultaron Alejandro González, también de la Liga, y Marco Antonio Rojas, leyenda morada que puede ufanarse de haberle quitado él solo un título a Cartaginés con sus paradas en el primer juego de la final del 77’. Esta colección de arqueros quemó etapas, creció, se perfeccionó y, sobre todo, confió en sí mismo a medida que pasaban los años y acumulaba millaje bajo el arco. Nunca los vi repetirse en errores y, si les hacían un gol que pusiera en duda sus calidades, se desafiaban para no permitirlo jamás.

Hoy la cosa es diferente. En un equipo de tradición hay un guardameta que carga cuatro temporadas bajo el lomo y es el mismo desde el debut: no evoluciona, se repite en los errores y no da visos de mejoría ni de creer en sí mismo. Es una pena porque tiene calidad. Lo suyo parece psicológico. Deberían preguntarle si quiere seguir en esta profesión o no porque cuando uno lo mira desde la grada, da la impresión de que no disfruta lo que hace.

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