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Opinión: ‘¡Mátis con chancha!’

Actualizado el 14 de enero de 2017 a las 12:00 am

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Opinión: ‘¡Mátis con chancha!’

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El sol brillaba en lo alto. Movidas por el viento, las nubes formaban distintas figuras. Un perro, una vaca, un tren, un barco. O una ola gigantesca y amenazante sobre nuestra callecita de tierra, donde habíamos trazado de previo un círculo y, dentro de este, las bolas de vidrio que cada uno apostaba.

A dos metros de distancia, la raya de lanzamiento. El jugador tiraba su bolita y le apuntaba a las que estaban en el círculo, o a sus rivales, para eliminarlos. Quien lograba sacar las bolitas del quemis (circunferencia), zona de límite y protección a la vez —porque ahí no se podía matar—, se convertía en el ganador.

Con el dedo índice doblado, se sostenía la bolita. El dedo pulgar era el gatillo. Había que tirar sin hacer chuzo (adelantar la mano indebidamente). Además, el reglamento de aquel juego de calle contemplaba el “mátis con chancha”, una muerte súbita indirecta si el proyectil (canica) pegaba en cualquier piedrecilla o diminuto objeto y movía, de rebote, la canica adversaria. Eso era, ni, más ni menos, “¡mátis con chancha!”.

Las bolitas de cristal tenían en su interior algo así como una flor de papel, azul, roja, verde, amarilla… Los carajillos del barrio alternábamos las bolas de vidrio con el “quedó”, “policías y ladrones”, “escondido”, “salve el tarro”, trompos, yoyos y, por supuesto, mejengas interminables, con portero o sin portero, todo en un solo escenario: la callecita de tierra, nuestro universo pequeño.

En las casas había carencias y muchas veces silencios. Se compraba “fiado con libreta” en la pulpería. Las mamás aporreaban la ropa en la pila de lavar, mientras tarareaban canciones de Libertad Lamarque, Olimpo Cárdenas o Javier Solís (Cuando la tarde languidece, renacen las sombras…). Los abuelos fallecían de viejos en sus hogares y el “hasta que la muerte los separe” era letra inalterable en las actas matrimoniales; quizás, parejas tan disfuncionales como las de ahora, solo que entonces no sabíamos que se llamaban así.

Las nubes formaban figuras del diario vivir. Por ahí un perro, una vaca, un tren volador… De pronto, una ola negra, imponente y gigantesca, oscurecía la tarde y se cernía amenazante… Sobre nuestra callecita de tierra.

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