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Opinión: Gozar con mesura, llorar sin rencor

Actualizado el 14 de mayo de 2017 a las 07:41 pm

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Opinión: Gozar con mesura, llorar sin rencor

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Nietzsche decía: “la guerra hace estúpido al vencedor, y rencoroso al vencido”. En el momento de enviar al periódico esta columna, no sé todavía quién ganó el campeonato nacional. Ni siquiera sé si ya hay campeón, o si todo ha quedado diferido para una gran final a ser jugada el miércoles.

Yo soy saprissista. Lo he proclamado mil veces, y seguiré cantándolo en Mi bemol mayor y compás de marcha triunfal. Pero puedo asegurarles, que si mi equipo gana, no me haré por ello estúpido, y si pierde no sucumbiré al rencor.

Celebraré con comedimiento, o bien lloraré sin por ello dejar que mi sangre se emponzoñe y mi lengua se convierta en bífido, ofídico adminículo. No me rasgaré las vestiduras ni me mesaré los cabellos, en caso de derrota. No culparé a los árbitros, ni al técnico, ni a los jugadores. Comprendo que la derrota es constitutiva del deporte, y, a mayor escala, de la vida misma. Quien no sabe digerir un revés posiblemente tampoco sea capaz de saborear plenamente un triunfo. Por otra parte, no hay triunfos ni derrotas totales, absolutas. Todo es, más o menos, parcial.

Si Saprissa gana, ello no podrá borrar que en el curso de esta justa hubo de tragarse un 5-1 contra Limón, y un 3-1 contra la Liga. Y si pierde, ello en modo alguno desdecirá del hecho de que fue uno de los cuadros más aguerridos, sólidos y eficaces del torneo. Así pues, ni la victoria ni la derrota serán para mí otra cosa que hechos relativos, parciales, imperfectos, a ser tomados, rigurosamente, cum grano salis , esto es, sin locura, sin vesania, sin éxtasis de vida o de muerte.

Repito: me niego a poner todo mi bienestar en manos de un equipo de fútbol: viviré lo que haya que vivir con sobriedad y temperancia. No permitiré que la victoria me imbecilice, y tampoco dejaré que la derrota me transforme en un pozo de ácido sulfúrico. Es una actitud que les recomiendo a ustedes, amigos.

Que un partido de fútbol no transforme a Costa Rica en un peligroso manicomio de 51000 kilómetros cuadrados. Vivamos el fútbol entendiendo que, por hondo que sea nuestra devoción por un equipo, el estadio es un rectángulo minúsculo, acotado, circunscrito, no más que una célula en la fantásticamente bella urdimbre de nuestras vidas.

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