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Opinión: Elefantes en mi memoria

Actualizado el 11 de agosto de 2017 a las 12:23 pm

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Opinión: Elefantes en mi memoria

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Anclados en las butacas, los chiquillos nos encogíamos del susto, mientras Tarzán (Johnny Weissmüller) desfallecía a manos de los cazadores malvados. De pronto, el hombre mono lograba medio zafarse de sus captores y lanzaba su potentísimo grito: ¡Ouououoooo! (O algo así).

A los carajillos nos caía la peseta y exclamábamos: “¡Los elefantes!”. Tantor y sus amigos irrumpían en la gran pantalla, la zozobra se convertía en júbilo y el tronar de los paquidermos aumentaba con nuestro delirante zapatear contra el piso del cine. Los elefantes daban buena cuenta de los cazadores. El rey de la selva salía airoso. Chita la mona brincaba con alegría. Y el premio para el héroe del taparrabo era un beso de amor de Jane (Maureen O’Sullivan).

En los años 60 había tres cines en Guadalupe de Goicoechea: El Río, al costado oeste del parque (antes plaza de fútbol); el Reina, cerca del cruce a Moravia, y el cine Guadalupe, frente a la carnicería de Billo, 100 metros al oeste de la Jefatura. Había que urdir milagros para invitar a la chiquilla que a uno le gustaba y comprarle un heladito después del cine, a ver si acaso Cupido le atinaba al flechazo, dando vueltas en el parque.

Aquellas quimeras con manitas sudadas ocurrían en el cine Guadalupe, principalmente, sala que proyectaba las románticas películas con Alberto Vásquez, Enrique Guzmán y Angélica María, grandes artistas de México. En el Reina daban cine hollywodense y obras cercanas al cine arte. En el Río, disfrutábamos con las de Tarzán, El Zorro y muchas más.

El tiempo no perdona. El legendario Johnny Weismuller, medallista de oro y plata en natación en los Juegos de Olímpicos en París 1924 y Ámsterdam 1928, se apagó el 20 de enero de 1984. Cuentan que, demente y decrépito, el viejo Weismuller repetía su épico aullido, postrado en la cama de un hospital.

En alguna ocasión, si camino por el parque de mi pueblo guadalupano, percibo que el niño que fui, aún vaga por ahí. Pantalón corto y rodillas raspadas, lo observo adentrarse en la sala del cine que ya no existe y erizársele la piel con el grito de Tarzán. Entonces, un rayo de luz del cinematógrafo emerge desde el fondo de mi memoria… Y los elefantes acuden otra vez.

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