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Opinión: Circularidad de la locura

Actualizado el 14 de agosto de 2016 a las 10:38 pm

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Olimpiada de Berlín 1936. Amargo momento histórico. En Italia, Mussolini representaba su grotesca ópera bufa desde 1922. En Alemania, Hitler, Canciller Imperial en 1933 y Führer –líder– un año más tarde, soñaba ya con sojuzgar al mundo. En España, Franco se aprestaba a retrotraer a su país al más sórdido, oscurantista Medioevo. Redondeemos este mapa del horror mencionando a Stalin, quien copulaba con el poder desde 1922, y a la altura de 1936 había ya matado a 7 millones de rusos.

En agosto de 1936, Jesse Owens, un atleta negro de 23 años, nacido en Alabama, el menor de una familia de 10 hijos, viaja al país de Wagner y Nietzsche, para participar en las pruebas de salto de longitud, los 100 y los 200 metros, y la carrera de relevos. Ya conocemos la historia: se apoderó de las cuatro medallas de oro, y frustró la quimera hitleriana de transformar los Juegos en una pasarela para el lucimiento del atleta ario, el Übermensch .

Esa es la parte épica y triunfal de la carrera de Owens. Lo que vino después fue el regreso al infierno. Este segmento de su vida suele ser ignorado. Pese a su proeza olímpica, el presidente Roosevelt se negó a recibirlo en la Casa Blanca. No le mandó siquiera un telegrama de felicitación. Owens, el héroe que había bañado en oro a su país, no podía hospedarse sino en hoteles “segregados”, esto es, albergues reservados para la negritud. Al abordar los buses, tenía que entrar por la puerta de atrás, y sentarse en la parte posterior. Con ocasión de una recepción en su honor, en el hotel Waldorf Astoria, no le permitieron usar el ascensor de los huéspedes, y tuvo que subir en un montacargas, entre reses destazadas y sacos de harina, por el lado de la cocina. Owens escamparía las más grandes humillaciones raciales en los Estados Unidos, no en la Alemania nazi, que lo trató con relativa deferencia.

La negritud tendría que esperar el advenimiento de figuras como Joe Louis, Alí, Pelé y Carl Lewis, para ser finalmente reconocida por su excelencia deportiva. ¿Qué suerte hubiera corrido Owens con Donald Trump de presidente? La locura es cíclica, vuelve embozada bajo la forma de diferentes avatares, pero es siempre ella: conviene identificarla lo antes posible.

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