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Opinión: Agua del sudor, agua del dolor

Actualizado el 25 de noviembre de 2016 a las 08:19 pm

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Opinión: Agua del sudor, agua del dolor

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De pronto, el agua del sudor transmutó en lágrimas. Aquella mañana gris, alfombrada de camisetas rojas y tenis multicolores, derivó abruptamente en un drama sobre el asfalto, a raíz del súbito y doloroso deceso de Gabriel Badilla, futbolista y atleta, quien se desvaneció 300 metros antes de arribar a la meta de la Lindora Run, en Pozos de Santa Ana.

Desde el domingo, un país entero ha sido testigo y protagonista a la vez del abrazo entrañable del deporte. En el epílogo de una competencia masiva que, en circunstancias normales, hubiese matizado el cierre con risas y abrazos festivos, ventas de chucherías y música altisonante, los atletas se convirtieron en caminantes del silencio. Quienes estuvimos ahí, los vimos transitar callados, con sus medallas colgantes, al reencuentro con familiares y amigos, en un inesperado ritual de respeto y emoción contenida.

La caída del gladiador fue un duro golpe para la sociedad. Sería redundar en la comunión de almas que ha destacado la prensa, cuando la rivalidad del fútbol quedó al margen y abrió paso a la solidaridad, en las honras fúnebres de un muchacho ejemplar.

Pienso en sus familiares y afectos. Solo el Creador les podrá otorgar, poco a poco, el bálsamo de la aceptación.

Aunque ya lo escribió con claridad el periodista Amado Hidalgo en su “Tribuna” del miércoles, también reparo en la soledad de Fabiola Herra, madre de las hijas de Gabriel, a bordo de un vuelo con itinerario retrasado, mirando al infinito desde la ventanilla del avión, con el alma desgarrada por la imposibilidad de acudir a tiempo al abrazo con sus dos pequeñas, en aquel duro trance de cortejo y sepelio.

Lamento y zozobra. El fallecimiento de un deportista marcó el inicio de esta semana sin sol. Por un lado, el sudor deportivo acabó en llanto. Por el otro, con furia de tempestad, el líquido vital –oh, paradoja– sembró el horror, la destrucción y la muerte. Además, cortó de un tajo las ilusiones de otros seres que, como bien narró un reportero, tras de que no tenían nada, lo perdieron todo.

Descanse en paz, Gabriel, gracias por su legado.

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