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Nadie muere en una tanda de penales

Actualizado el 28 de mayo de 2016 a las 09:05 pm

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Nadie muere en una tanda de penales

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Nadie muere. Aunque aquello parece inventado para mandar al panteón a más de uno, nadie muere.

Dicen que es injusto o mero azar. Le llaman “ruleta rusa”, como el macabro “juego” del revolver con una sola bala que nadie sabe a quién tocará. Dicen y dicen de la definición por penales, donde el más bueno podría fallar.

Más injusto es la moneda al aire, utilizada muchas veces como desempate, cuando a nadie se le había ocurrido el angustiante, emocionante, impredecible, cardíaco, trágico y glorioso desempate desde el punto blanco.

¿Injusto? No. Se anotan o se fallan. La diferencia la marcan la técnica, la capacidad para manejar la tensión y hasta la estrategia en los cobros. ¿Y la suerte? Así le llaman a fallar por muy poco, por unos diez centímetros, aquellos que separan la pelota que se estrella en el poste y “se niega a entrar” de la que termina en el fondo de las redes.

Desde los 11 metros (jamás 11 pasos) no siempre gana quien más buscó, quien más corrió o quien más cerca estuvo del gol, pero a veces no hay más remedio que los penales.

Esta vez, le dieron la dosis de drama y emoción que le faltaba a la final. Esta vez, ninguno había sumado tanto mérito para ganar, ni cometido tanto error para perder.

Con un Real Madrid disminuido, primero por su actitud de administrar el temporal 1-0 y, posteriormente, por las deshechas piernas de Cristiano Ronaldo y Bale... Con un Atlético luchador, aunque con pocas oportunidades de gol... Sin la posibilidad de jugar todo el día hasta que una portería cediera, no había forma más emocionante de cerrar una tarde de fútbol.

Hasta el mejor francotirador siente el pulso acelerado, desde George Best, el primero que se plantó frente a la pelota para un desempate por penales, hasta Cristiano, encargado del último cobro en la final de Champions de este sábado. Aunque la fórmula ya se había probado en España, fue en Inglaterra donde se utilizó por primera vez en un partido oficial, cuando el Manchester United y el Hull City finalizaron igualados en la semifinal por la Copa Watney, en 1970.

George Best envió la pelota al fondo, para dar inicio al dramatismo de los desempates. Y 12 años después, los mundiales lo probaron en la semifinal entre Francia y Alemania. Entonces, como ayer, el corazón amenazó con salirse del pecho, mas nadie murió.

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