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De León, sempiterno

Actualizado el 20 de agosto de 2016 a las 12:00 am

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Me gustan los calendarios de papel. Cada mes, las hojas se desprenden como el follaje de un árbol e inyectan simiente y savia en las parcelas de la memoria. Así, la presencia espiritual de seres que han partido se manifiesta al recordarlos. Y, como por arte de magia, el cariño y la amistad se renuevan con su impronta de eternidad.

Pasado mañana lunes 22 de agosto se cumplirá un año de tu viaje trascendental. Y aquí, Orlando de León Catalurda, te seguimos extrañando. Mas, se trata de una evocación llena de matices, como la pasión que ponías en el verbo si los temas eran fútbol, arqueología, relatos del diario vivir o una simple anécdota. Nadie como vos para celebrar tus victorias. Nadie como vos para llorar tus fracasos. Nadie como vos para reírte de vos mismo. Nadie como vos para reinventarte.

Viejo amigo, terco y filósofo. Artífice del balompié. Tu sinceridad, tu carácter explosivo en ocasiones, festivo en tantas otras. Leal y espontáneo. Por siempre auténtico. Me resulta grato recordar tus anécdotas del banquillo, la gracia con que las narrabas, con bolsitas de azúcar que colocabas en líneas de tres, de cuatro, de cinco, en nuestras largas charlas de sobremesa. Táctica y estrategia. Apuntes de servilleta. Boronas de pan dispersas. Charcos de café.

Llevo conmigo a mis muertos entrañables. Las palabras justas de mi padre, su fino sentido del humor, el laberinto de su niñez. El amor callado de mi madre, su timidez, su humildad, su grandeza. Cada vez que escucho las notas de El mar de la tranquilidad evoco la memoria del maestro Paco Navarrete. Y agradezco la amistad que el gran artista me otorgó en los últimos días de su existencia. Juntos planeábamos el libro que escribiríamos sobre su dimensión humana y su trayectoria musical. Silencio en el pentagrama. O amigos como el periodista Ricardo Quirós Sáenz. Una pluma reposa en el tintero.

Almas entrañables. Hoy es hora de conmemorar tu adiós. Sorpresivo. Sin tiempo para el abrazo. Por eso y más, prefiero los calendarios de papel sobre los digitales, porque al rasgar las hojas de cada mes, las suelto al vacío e imagino que abonan simiente y savia en los surcos de mi memoria.

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