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Keylor Navas en el país de Liliput

Actualizado el 30 de noviembre de 2015 a las 12:00 am

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Keylor Navas en el país de Liliput

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Eso somos. El hecho nos retrata como ni el pincel de Velázquez sería capaz de hacerlo. Donde haya un tico, esté donde esté, habrá envidia. Y donde hay envidia, hay serrucho. A decir verdad, el serrucho debería ser incorporado al pabellón nacional, sobre la carabela y las montañitas, como máximo emblema de identidad nacional.

A Keylor le meten cuatro goles, y ya hay porteritos locales, gentecilla liliputiense y pigmeos morales que celebran torvamente el hecho. Para describir el fenómeno hay que acudir a una de esas sonoras palabras germánicas: Sauerfreude: “alegría ácida”. La alegría del perdedor que, incapaz de alcanzar la cima, se regocija viendo a los demás fracasar en la misma empresa. “Puesto que yo no pude ganar, que no gane nadie” —es la formulación de este sentir—. Lo que Spinoza hubiera llamado “una pasión triste”, a lado de los celos, el rencor, el resentimiento, y demás reptiles de esta laya. Por caído yo, el único, pírrico, ácido júbilo que me resta, es ver caer a los otros. Una alegría negativa, ponzoñosa, letal veneno para quienes la padecen. El gran Albert Camus (que además de Premio Nobel de Literatura fue portero del Argel Club) decía que el resentimiento era “un autoenvenenamiento en circuito cerrado”. Ahí les dejo esta certerísima definición, para que le den vuelta.

La irónica paradoja de un gran portero es esta: solo le meterán golazos. La gente recordará los tantos de antología que le anotaron, porque dada su excelencia, no aceptó golcillos banales, rutinarios.

Tal es su calidad, que solo encajará trallazos formidables, chilenas, tiros libres al ángulo, taquitos… En verdad, una cruel ironía. Lo que conviene meditar es que, si recordamos los goles pluscuamperfectos que cedió, ello es justamente porque rara vez los admitió vulgares y ordinarios. Cierto de Banks, de Zoff, de Buffon… y ahora de Keylor.

Deja, amigo, que los goles de antología adornen tu carrera: son los únicos que te podrán meter. Por lo que a los golcillos verbales que los pitufos de nuestro medio hagan llover sobre vos, pues simplemente tenles piedad, y recuerda que no son ellos los que hablan: son cientos de años de cultura de la envidia, de serruchos, de intrigas, de horror a la excelencia… y trata de ser indulgente con ellos.

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