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Jugamos para ser amados

Actualizado el 02 de mayo de 2016 a las 12:00 am

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El fútbol es la negación del onanismo: debe ser compartido. Es social: solo existe en función de los demás, presupone, por definición, la existencia del otro (lo propio de todo lenguaje). Interpela, sacude, expresa, susurra o vocifera. Solo es concebible en sociedad.

¿Un hombre que juega fútbol en una isla desierta? Sí, sí, clásica riposta. La verdad es que ese Robinson Crusoe que se entretiene con su fútbol tristemente insular lleva ya por dentro toda una sociedad, está habitado por mil almas, representa la suma de todos los hombres que conociera antes de su naufragio. Construirá un marco con ramas y pondrá un monigote a guisa de portero: he ahí, ya, al Otro Esencial, he ahí a su público, he ahí el diálogo al que jamás podrá escapar.

El fútbol es gozo compartido. No por filantropía o altruismo, sino por la simple constatación -egoísta, en el fondo- de que el gozo compartido es doble gozo, así como la tristeza solitaria es doble tristeza. El gozo del futbolista que marca un bello gol es, en buena medida, gozo ante el gozo del otro (la afición). Goza de su poder-facultad-capacidad de hacer gozar a los demás. Como tal, su gozo es esencialmente erótico (uso la palabra en su más laxa acepción).

Todo se le puede perdonar a un futbolista. Todo menos una cosa: la no dación de sí mismo, la avaricia con su propio talento. El público le perdonará pases fallidos, disparos desviados, amagues abortados… si percibe que detrás de cada gesto hay un ser humano que se está dando íntegro a sí mismo. Más que el virtuosismo y la perfección, la gente quiere ver una voluntad, una pasión, un compromiso, un corazón leonino que apaga con su sangre el verde fuego del césped. El gran futbolista representa el milagroso punto de homeostasis entre el gladiador y el artista. Ama al mundo a través del inmenso acto de dación de su juego, y el mundo lo ama viéndolo gozar de sus poderes. Su aparente narcisismo es, en realidad, una paradójica expresión de generosidad (sí, amigos: pienso en CR7).

El fútbol es una metáfora de la vida: aquel que no se da (subrayo el pronombre) terminará por agostarse, y morirá en la soledad y la amargura. La terrible, atroz soledad del avaro de sí mismo, mil veces peor que la de Shylock, Harpagón o Papá Goriot.

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