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Jugada de pizarra

Actualizado el 01 de octubre de 2015 a las 12:00 am

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Jugada de pizarra

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Vestía camiseta de Saprissa, pantalón corto de cuadros y tenis sin medias. Delgado. Piel blanca y pelo lacio rubio, largo y con carrera al centro. Calculo que tendría 7 u 8 años de edad. Lo acompañaba su padre, de no más de 35 años, quien le entregó una barra de tiza blanca y lo invitó a dibujar sobre la enorme pizarra verde.

De inmediato caminó hacia aquella superficie donde otros niños habían trazado flores, carros, tigres, un hombre araña, nubes, carros, un payaso, una marioneta y otros temas.

El espacio, acostumbrado a las caricias del borrador, tenía también algunos nombres e iniciales, y algunas leyendas: “Pablo”, “MRT”, “Laura Vega”, “Carla y Roberto”, “BSFG”, “Rocío, te amo”, “Pris y Gil amigas por siempre”.

Me refiero a la pared-pizarrón ubicada en el segundo piso del centro comercial Lincoln Plaza, exactamente entre la Sapristore y el local de Amira. Por allí pasé el sábado pasado y presencié lo que aquí les cuento.

Una vez que llegó a la pizarra, aquel pequeño morado no pintó de inmediato. Apoyó la punta de la tiza contra la superficie verde, justo en un rincón desocupado, y permaneció algunos segundos en actitud pensativa. “Apuesto a que va a dibujar un monstruo”, pensé desde mi perspectiva de adulto que por un momento mordió el anzuelo de lo predecible y olvidó que con los niños no valen los pronósticos, son sorpresivos, creativos, impredecibles. Mientras tanto, el padre —supongo que también saprissista, por aquello de que hijo de tigre sale pintado— dividía sus miradas entre su hijo y algunas jóvenes que pasaban a su lado y que bien podrían ser de las Rumberitas que animan a los aficionados durante los 15 minutos entre el primer y el segundo tiempo de los partidos.

“Tal vez dibuja una camiseta con el apellido de su jugador favorito”... esta vez me tragué el señuelo del bateo... “Angulo”, “Machado”, “Golobio”... ¡Qué va! De seguro escoge a Keylor Navas haciendo un tapadón...

Por fin aquel aficionado se decidió a trazar algo. En vez de dibujar, optó por escribir: “Saprissa juega mal”, anotó, puso la tiza al pie del pizarrón y caminó hacia su padre.

Me hizo recordar lo mucho que sufría yo de carajillo cuando Saprissa jugaba mal. Lo confieso: incluso lloraba y me amargaba todo el santo domingo.

¡Pobres niños morados, qué mal la están pasando!

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