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Opinión Jinetes en el cielo

Actualizado el 03 de febrero de 2017 a las 08:16 pm

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Entre la penumbra y el amanecer, el lente de una cámara de seguridad permite divisar a cuatro ciclistas que avanzan rumbo al este en la carretera a Tres Ríos. A distancia, la imagen es borrosa y gris, pero suficiente para detectar, tras ellos, al bólido negro que cruza velozmente el cuadro. Hasta ahí.

Sigue el profuso despliegue periodístico de un nuevo episodio de muerte en nuestras vías. El parte policial y las declaraciones de los hombres de la Cruz Roja, quienes, con su lenguaje particular, dan cuenta del infausto suceso en el que, de nuevo, la imprudencia y el desatino han cobrado la vida de tres deportistas y dejaron mal herida a una cuarta persona.

Conmovido, en el transcurrir dominical, uno atiende ensimismado el hilo informativo que agrega antecedentes, nombres, el contexto y los detalles. Mario Enrique, Lenin Manrique y Pablo Enrique perdieron la vida; Lucía del Carmen lucha por su existencia. Entonces, vuelve a cobrar vigencia la expresión de John Donne en ¿Por quién doblan las campanas? , la obra inmortal del legendario Ernest Hemingway: la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad, y por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti.

Doblan por ti. Doblan por mí. Por cualquiera de nosotros que al transitar por calles y carreteras, suplica al Creador que nos libre del infortunio de atropellar o segar la vida de un semejante. O de morir, como un soldado de lo absurdo, en las garras del demonio insaciable de la prisa.

Los cuerpos quedan inertes. Las almas dejan la escena, alzan el vuelo y continúan el viaje a la eternidad. A bordo de sus caballitos de metal, los jinetes en el cielo se convierten en puntos de luz en el infinito. Y aquí, abajo, seguimos todos con la desesperanza que nos abruma, entre el dolor y la incertidumbre, con más preguntas sin respuestas del por qué razón, el país apacible que una vez peleó una guerra civil para conservar la paz, asesina sin discriminación en las vías asfaltadas, e inunda ríos de sangre por causa de la insensatez. Hasta cuándo, mi Dios… ¡Hasta cuándo!

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