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Jeaustin: entre la inmortalidad o el olvido

Actualizado el 29 de abril de 2016 a las 11:56 am

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Jeaustin: entre la inmortalidad o el olvido

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Cuando el Verano nos debe aún a su campeón, Cartaginés sentó en el banquillo a Jeaustin Campos movido por la idea de que el más ganador de los entrenadores morados –cinco títulos– prolongará su racha en un club con glorias color sepia.

Campos tiene dos opciones: torcer una sequía de 76 años sin cetro o sumar su nombre a una lista interminable de timoneles de todas las raleas, a quienes el fracaso convirtió en anónimos caminantes del tiempo. Si alcanza lo primero, el botín es la inmortalidad, viaje en primera clase hasta la tribu de figuras de culto de nuestro fútbol por un logro que tendría repercusión planetaria, pues hasta de China vendrían a conocer al técnico que finalizó casi ocho décadas de desventuras.

Tengo mis reservas. No imagino a Jeaustin al frente de un proceso con jóvenes de la cantera, como pregona con evidente populismo el presidente Luis Fernando Vargas. No es su estilo. Lo veo más como un hombre para dirigir un equipo maduro y consolidado.

Si el jerarca blanquiazul quería renovación, proyecto con jóvenes de la cantera e identidad cartaginesa, debió pensar en el profe Watson o en Rónald González.

Le daré el beneficio de la duda porque su hoja de vida en el banquillo tibaseño es como un cheque al portador y si al menos logra un cambio en la actitud y compromiso de los futbolistas, y define un estilo de juego que enamore a la gente, hum… puede ser.

Su primera decisión debería ser estratégica, no táctica. Hablo de rodearse bien, vacunarse contra mitos y temores, escoger con escrúpulo a sus interlocutores y tomarse un café a la brevedad con el sociólogo Carlos Brenes y el historiador Franco Fernández, para que le ayuden a entender a los cartagineses.

Ya en el plano futbolístico, debería devolver la identidad al equipo, la que esgrimieron grandes oncenos azules: los campeones del 23, 36 y 40, pasando por el Ballet Azul de los 60, los planteles protagonistas de los 70, los Bajitos de Gámez en el 83 y cerrando con el monarca de Concacaf 94, prueba de que Cartaginés sí puede.

Ah, y un último consejo: recuérdeles a los jugadores que las Ruinas que están en el centro de la ciudad no son un símbolo de identidad. En cualquier sociedad, algo ruinoso es el primer paso para comenzar la reconstrucción y el cambio.

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