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Humilditos, chiquititos, modestitos

Actualizado el 24 de septiembre de 2017 a las 08:56 pm

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Humilditos, chiquititos, modestitos

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¡Ah, la “humildad” de nuestros futbolistas! Anotan un gol y corren a decir: “bueno… esteee… pues sí, verdá… el gol se me presentó, pero fue mérito del equipo, no mío, yo, pues, verdá, me limité a meter la pierna cuando era necesario… es obra de la Virgencita de los Ángeles, y de mi abuelita que está en el cielo, y que hoy cumple un año de muerta… la peleamos fuerte, nos paramos bien atrás, verdá, y se me dio el gol a mí, pero es de todos...”

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Dejando por fuera a la venerable ancianita que hace barra desde el firmamento, cabe preguntar, ¿quién diantres es “se”? ¿A quién alude el fementido pronombre? ¿Será el tío del vecino de la prima del alcalde de la hermana del jardinero del papá del pulpero de la esquina1? No: es el “se” heideggeriano, esa voz nefasta e indeterminada, que no asume responsabilidad por lo que dice, el “se dice”, “se rumorea que”, “se especula que”.

El gran futbolista no le baja el tono a sus logros. No dice que “se le dieron”, no pretende que él no tiene nada que ver con su consecución, no se desprende del orgullo como si de un vestido innoble y maloliente se tratase.

No hay humildad sin dignidad, y parte de la dignidad consiste en asumir los propios triunfos. No digo “ostentarlos”, sino simplemente asumirlos. Nada hay en ello malsano o censurable.

El tico cultiva la “humildad” del autoempequeñecimiento: eso sí es enfermizo y reprobable. Urge distinguir la humildad de lo que Santo Tomás llamaba “pusilanimidad” (etimológicamente, “pequeña alma”). Es una abyección que consiste en autodegradarnos, en ubicarnos allá, en el sótano de la cadena trófica, en virtud de una mal comprendida humildad. Esta autodenigración equivale a una especie de narcisismo “a la inversa”, y es lo propio de los espíritus enfermos. “Aquel que se arrastre como un gusano, no podrá protestar si le caminan encima” -nos dice Kant-. El costarricense ha construido una falsa concepción de la humildad. Una concepción errónea, aberrante: su “chiquitismo” endémico, su miedo a la excelencia, y su atávica propensión a la envidia. Es muy rápido para señalar la “arrogancia”, ahí donde no hay otra cosa que la saludable asunción de la propia eminencia.

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