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Opinión: ¡Así se habla, Waston!

Actualizado el 07 de abril de 2017 a las 12:36 pm

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La pregunta del periodista llevaba morbo. Era el anzuelo perfecto para que Kendall Waston, baluarte costarricense en San Pedro Sula, lo mordiera, se prodigara y se sacara el clavo acerca de lo que -pura intuición reporteril- el público quería oír. "¿Siente que esta anotación fue su revancha contra Jorge Luis Pinto, por haberlo eliminado a usted del plantel que asistió al Mundial de Brasil?", fue la consulta.

He aquí la respuesta: "Yo no guardo resentimientos con nadie. Posiblemente algo me faltaba para cumplir con lo que el técnico deseaba y necesitaba en aquel momento y por eso me excluyó", expresó el destacado futbolista al final del partido, en el que Costa Rica rescató un punto que nos permite seguir con vida y un razonable optimismo rumbo al Mundial 2018.

Aunque dicha entrevista ocurrió hace casi dos semanas, no pierde actualidad. Al contrario, reviste una gran importancia en el marco de los valores humanos. Kendall demostró con su hidalguía que, antes de atacar a alguien porque uno siente que ha sido perjudicado, valen más la revisión interna, la sinceridad y el rigor de la autocrítica.

¡Así se habla, Waston! Además de que usted fue un factor determinante, al salvar una anotación en la raya de sentencia, y concretar después ese golazo al minuto 68, con su señorío, sensatez, honradez, dignidad y prestancia, nos inyectó una alta dosis de optimismo, dada la dimensión moral y espiritual de un joven costarricense. Quien quiera aprender, ¡que aprenda!

Si utilizáramos un símil con el boxeo, podríamos imaginar que usted era el púgil demoledor y tenía al señor Pinto contra las cuerdas. La pregunta periodística se ofrecía de perlas para vapulearlo. Pero, ¡no! Usted antepuso la serenidad y la claridad necesarias y ubicó cada cosa en su sitio.

Y yo, tan patriota como usted, me sentí orgulloso e identificado con mi país, con nuestra vocación civilista. ¡Mil gracias, Kendall! Siga adelante, jamás claudique en los terrenos del fútbol y continúe por la senda de la decencia que le caracteriza. Si celebré eufórico su testarazo impecable, le confieso también que, anclado en mi sillón, enjugué con disimulo una lágrima que brotó así, de pronto, por la sabia lección de un muchacho.

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