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La maldita mala suerte aplaudida

Actualizado el 01 de julio de 2017 a las 08:01 pm

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Con el tobillo hecho un tamal, incapaz de pedalear como Dios manda, con unas cuestas del demonio por delante, Andrey Amador siguió a puro coraje, así en cada etapa desde aquella caída en la primera jornada, sin saber en qué momento diría “no más”, en ese testarudo intento por terminar el Tour 2011.

Entonces lo alentaron los ticos, cientos, miles, hasta convertirlo en su capo, aquel que terminaría en París como el penúltimo de los finalistas.

Tuvo la maldita buena suerte de las tragedias, aquellas que ponen a prueba el coraje de los valientes.

Este sábado, en cambio, salió bien librado de una resbalosa contrarreloj que mandó al suelo y a la casa a su compañero Alejandro Valverde, apenas en la primera etapa del Tour.

El nuestro finalizó sano y salvo, a 27 segundos del ganador, en el puesto 19, un lugar sin pena ni gloria –diría cualquiera a la ligera, si no mira la lista de 198 corredores–.

Nos gusta la gloria o la tragedia. A los triunfos intermedios, que abren camino, marcan pauta, inspiran y transmiten un “sí se puede”, les dedicamos un vistazo en la internet.

—Siempre tendré una pregunta sin responder –le comenté el otro día a Leonardo Chacón, otro de los ungidos con la medalla de oro del pueblo–: “¿Qué habría pasado si en lugar de esa aparatosa caída en Londres 2012... Si en lugar de esa muestra de pundonor, negándose al retiro, todo maltrecho y raspado, hubiese terminado ileso entre los 15 mejores de los Olímpicos –el puesto que ocupaba antes del accidente–?.

¿Se habría volcado Costa Rica a ensalsar aquel resultado sin precedentes en el triatlón tico como lo hizo ante la gesta del valiente que a mil costos llega a la meta y se desploma sobre una silla de ruedas en el puesto 48?

Debo confesarlo: también me fascina la épica, el drama, el guerrero herido negándose a entregarse. Tan solo me obligo a recordar que un buen resultado, aunque no sea de podio, no es posible sin dolor previo, entrenamientos a muerte, caídas, sacrificios como los que tanto aplaudimos. ¿O tenemos que ver los raspones?

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