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¿Alguien ha visto el Cambio?

Actualizado el 23 de abril de 2015 a las 12:00 am

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Cambio es ingenuo, por eso se creyó el cuento. Confió, de buenas a primeras, en que era cierto que había llegado su hora. No dudó ni un solo instante de la seriedad de la promesa de que por fin le darían una oportunidad para lucirse, exhibir de lo que es capaz. Se tragó, sin endulzar, colar ni cuestionar, los discursos, entrevistas y propaganda que anunciaban vientos de cambio. Por eso se apresuró a buscar sus tacos. Los encontró debajo de la cama, llenos de polvo y telarañas; les pasó un cepillo y un trapo húmedo, los embetunó y dio brillo; quedaron como nuevos. Se los probó para ver si aún le quedaban; en realidad, la única vez que se los había puesto fue cuando los compró en una tienda que ya no existe. Hasta ahora no había tenido oportunidad de estrenarlos.

“Tantos años esperando una ocasión, un chance, una puerta abierta para demostrar que conmigo las cosas son diferentes, que no juego como los demás, los de siempre, los de toda la vida, esos mañosos adictos al juego sucio, las jugadas de pared antirreglamentarias, los codazos y las zancadillas; expertos en simular faltas en contra y perder tiempo sin que les muestren las tarjetas roja y amarilla... y parece que por fin voy a saltar a la gramilla”, se decía Cambio una y otra vez.

Los aficionados, acostumbrados a que Cambio nunca jugara —durante décadas ni siquiera figuró en la banca o en la planilla—, poco a poco empezaron a cambiar de opinión, a simpatizar con la idea de dar un giro, romper con la rutina. “¿Por qué no?”, se preguntaban. “Quizá ya sea hora de algo diferente, una opción distinta”, comentaban entre ellos.

Entusiasmado con el rápido crecimiento de su popularidad, Cambio lavó y planchó camiseta, pantaloneta y medias; además compró un maletín deportivo y espinilleras pues tiene plena conciencia de que todo cambio duele. “¡En cualquier momento me dan la orden de jugar, entrar por otro jugador! Sin duda, voy a ser la estrella”, pensaba.

Sin embargo, esta es la hora en que Cambio sigue esperando que lo convoquen. Cada día se levanta temprano, se baña, viste, desayuna y se sienta a esperar una llamada telefónica con las buenas noticias, pero no pasa nada. Lo peor del caso es que se creó una alta expectativa con Cambio, pero hasta ahora nadie lo ha visto entrar en acción.

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