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El optimismo voló desde la casa de Michael Umaña hasta Pernambuco

Actualizado el 21 de junio de 2014 a las 12:00 am

Cerca de 30 familiares y vecinos se acercaron a la casa del zaguero a ver el juego

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¿Cómo vivió el partido la familia de Umaña? (Esteban Barrientos)

¡No aguanto más, me voy para Brasil! Esa fue la expresión que Grettel Moraga empleó al final del partido de ayer, luego de efectuar algunas llamadas telefónicas, y que resume la tensión con que la esposa del defensor Michael Umaña vivió el partido de Costa Rica contra Italia.

La Nación fue testigo del voltaje que corría durante la mañana de ayer en la casa de verjas blancas, al fondo de un cafetal en Río Oro de Santa Ana, donde el zaguero pasó su infancia y aún vive al lado de su familia, quienes son sus vecinos.

“Hablé con Michael a las 6 a.m. e increíblemente él fue quien me dijo que me tranquilizara y no yo a él”, contó Moraga, poco antes del partido ante los italianos.

A la casa de los Umaña se sumaron más de 30 personas, muchos de ellos vecinos. Fue un cuadro de contrastes: Moraga fue la única de los televidentes que pasó 90 minutos en congoja, pues el semblante de los demás inspiraba confianza y positivismo.

“Yo nunca fui una persona con miedo y eso lo tiene mi hijo”, dijo el padre del defensor tico, Rodolfo Umaña, de 66 años.

Conforme transcurría el partido, la asistencia a la casa de verjas blancas se engrosó con una procesión de vecinos uniformados con camisa roja y el “4” de Umaña en sus espaldas.

El orgullo del barrio era titular y jugaba un gran partido.

Al 44’, con la anotación de Bryan Ruiz, la ansiedad hechizó a la mayoría. De ahí en adelante, los come uñas fueron protagonistas hasta el pitazo final.

Los familiares de Michael Umaña explotan en alegría luego del cabezazo del capitán Bryan Ruiz, ayer en Río Oro de Santa Ana.   | GRACIELA SOLÍS
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Los familiares de Michael Umaña explotan en alegría luego del cabezazo del capitán Bryan Ruiz, ayer en Río Oro de Santa Ana. | GRACIELA SOLÍS

La tía de Michael, Olga Umaña, de 66 años, verbalizó lo que todos pensaban: ¿Cuánto falta?.

“20 minutos”, contestó en seco alguno del montón, con voz tensa.

A esas alturas del partido, ya nadie volvía a ver los frijoles molidos y los pejibayes con mayonesa, que se habían servido como boca y que habían enriquecido el paladar de los comensales en los albores del juego de la Sele contra la Azzurra .

Cada balón que tocaba Umaña, como aquel en que atropelló a Andrea Pirlo o cuando distribuía la redonda en la parte baja, despertaba el coraje y el rechinar de dientes en la muchedumbre.

Con el pitazo final vino la explosión de felicidad y todas las muestras de algarabía. La casa de verjas blancas en Río Oro de Santa Ana, se convirtió en una pequeña parte del Arena Pernambuco de Recife.

Moraga se pegó al teléfono. Cuando se le consultó con quién conversaba con tanto entusiasmo, con una voz entrecortada respondió: ¡No aguanto más, me voy para Brasil!.

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